Un año después

Un año después

 

Un año después de tu muerte, papá, te prendí fuego.

Simbólicamente, claro.

No entiendo de donde viene esta certeza. ¿Por qué pensar que  los actos simbólicos sanan todo? ¿O que se justifican siempre?

No le sé, y no me importa.

El hecho es que te prendí fuego, simbólicamente.

 

Reuní en una enorme vasija de barro todos tus papeles, todas tus anotaciones, tus recomendaciones, tus pensamientos, incluyendo los que explicaban tu vida, el porqué de tu esencia, de tu manera de ser. No me quedé más que con los que cuentan la historia de tu familia, para mis hijos. Ya verán ellos si también los queman, algún día.

Justo el 11 de abril, papá, justo al año de tu muerte. Es un cumpleaños que también se festeja, aunque sin velas y sin risas.

Por encima de todas tus palabras, puse una foto mía, la que sacaste en la terraza de la casa, ¿te acuerdas? Escogí esa porque venía de aquel tiempo, el de antes. Para seguir con aquello del simbolismo.

Agregue algunos dibujos míos que habías conservado. Un pañuelito también.

Le prendí fuego a esos pedacitos de ti, ahí, en mi jardín. Ni siquiera lloré. Sí, me temblaron las manos, pero no lloré.

No volví a leer nada.

 

Eché al fuego tu infancia, la mía.

Eché por encima tu plegaria, puesto que tengo la mía propia.

Eché al fuego tus amores, tus ideas, tus obsesiones.

Las llamas eran tan fuertes que me picaban los ojos, mis piernas, descubiertas ese día, se llenaron de ampollas y la ceniza negra parecía querer pegarse a mi piel, como en una última suplica, un último recurso.

Cuatro horas, papá, cuatro horas para quemarte.

Y luego le di una vuelta a la casa. Retiré tus huaraches de cuero con los que me había quedado, y tu suéter blanco, el de los días importantes. También ellos  se tenían que ir.

Me quedé con tu voz, tus canciones, una foto de ti que me gusta mucho y con tu cuchillo, el que fue de tu mamá, y antes, de su papá.

Pero sobre todo, papá, me quedé con lo que amaba de ti: tu risa, grandiosa. La forma de tus manos. La canción para irse a dormir y los chocolates de cada noche… El gouzigounik y mi sobrina que me dice “Guégué”.

¿Si me entiendes, papá?

No me deshice de ti, no me alejé, no te borré.

Nos liberé a los dos de tu faceta más obscura, tan negra.

Libres, papá, somos libres.

 

Antes del fuego, llevaba una frase en la cabeza, la de una novela: “Papá, te quise mucho, pero arruinaste mi vida.”.

Pues, papá, esa frase también se transformó en humo.

Papá…

Papá, te quise mucho.

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