Historiquement pourrie

 

Historiquement pourrie

Aujourd’hui je suis historique. Histrionique. Idées folles, obsessives.

Guillaume Tell me fait chier.

Quand il a réussi son exploit, quelqu’un, n’importe qui, a pensé à la pomme ? Transpercée, écœurée, abattue.

Le jardinier peut-être, celui qui la soignait et saluait tous les jours à l’aube…

Et la corde de l’arc ? quelqu’un, n’importe qui, sait à quel point elle était tendue ?

Tous à chanter, hurler et la corde, la pomme, par terre…

Non, je ne sais pas pourquoi il tirait sur la putain de pomme. Et ouais, j’en ai rien à cirer.

Surement une histoire de guerre, invasion, bataille, pari stupide.

 

Puis y’avait surement pas de jardinier, juste des soldats ou des gens à crier.

Puis surement c’était pas une corde, plutôt les tripes d’une bestiole quelconque.

 

Et le jardin mourait, pour une pomme.

 

La photo est une des oeuvres de Ana Laura Escalante

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Históricamente podrida

Históricamente podrida

 

Hoy ando histórica. Histriónica. Pensando a lo loco, a lo obsesivo.

Guillermo Tell me pudre.

Cuando logró su hazaña, ¿se detuvo alguien en pensar en la manzana? ¿Partida, descorazonada, caída?

El jardinero tal vez, el que la cuidaba y admiraba cada día al amanecer…

¿Y la cuerda del arco? ¿Alguien se detuvo a pensar en lo tensa que estaba?

Todos coreando, gritando y la cuerda, la manzana, en el piso…

No, no sé por qué chingaos tenía que atinarle a la manzana. Y sí, me vale madres.

Seguro algo de una guerra, invasión, batalla, apuesta estúpida.

 

Y seguro no había jardinero, sólo soldados o gente gritando.

Y seguro no era cuerda, sino tripa de algún animal.

 

Y el jardín moría, por una manzana.

 

La foto es de una obra de Ana Laura Escalante

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Cherche

Cherche chambres pour pleurer

Accès immédiat, dimensions appropriées.

Pourvues d’assiettes en terre cuite ou en porcelaine, de verres en cristal ou à moutarde.

Pourvus d’amis, les meilleurs, qui n’interrompent pas et se concentrent sur l’écoute, sans catéchiser.

Nécessité absolue de conférer invisibilité à l’usager, aussi bien à l’entrée qu’à la sortie.

 

Pour pouvoir balancer la vaisselle sur le mur. Pour être consolé.

 

Pour pouvoir laisser la vie un moment et pleurer.

 

Prière d’installer dans les chambres de malade.

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Busco

Busco cuartos para llorar.

Acceso inmediato, dimensiones adecuadas.

Provistos de platos de barro o de porcelana, vasos de cristal o de veladoras.

Provistos de amigos, los mejores, que no interrumpan y se concentren en entender, sin aconsejar.

Absolutamente necesario proporcionar invisibilidad al usuario, tanto al entrar como al salir.

 

Para poder aventar vajillas a la pared. Para ser abrazado.

 

Para poder dejar la vida un rato y llorar.

 

Favor de instalar en cada cuarto de enfermo.

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Mi hermana la presidiaria

Mi hermana la presidiaria

Escrito a cuatro manos, y un chingo de corazones.

 

“Mamita, al menos hiciste muchos amigos”… Sí mi amor, contesto despacio, sin aliento.

¿Me irán a golpear? ¿Me irán a matar? Cuiden a mis hijos, por Dios.

Me dan permiso de ir al baño, custodiada. Temen que me escape o algo porque se me pega una mujer y me sigue. Soy el premio del día dice un judicial, vale muchos puntos la güera.  Rezo en el baño, por mí y por mis hijos, por mi esposo y mi familia.

Y entonces veo a mi esposo, gris, y luego a mi hermana, blanca, y a mi cuñado, despeinado y gris. Los hombres van de gris y las mujeres de blanco. Yo… no tengo color, me lo están robando…

 

Las agujetas por favor señorita

Celular, cigarros, encendedor

Su dije

El anillo

 

¡El anillo no!

Es lo único que alcanza a decir antes de llorar

El anillo no…

Mi esposo me quita las agujetas de las botas, dicen que es la regla. No me muevo pero les digo que sin agujetas me voy a caer y lloro despacio, como niña. Mi hermana me pide el anillo, y me niego, porque ese anillo es mío y es de Vic. Se me nubla todo y se me va el aliento cuando mi hermana me dice, con voz de hermana mayor, dame tu anillo o te lo van a robar. Vic me quita el collar, un regalo suyo y de mi hijo. Hago una broma, para que me vean fuerte, pero ya sé que ellos saben que en realidad me estoy desmayando del miedo. 

 

La revisan de pies a cabeza, de cabeza a pies perdón, el gesto es descendiente.

Bien, ya puede ingresar.

Todos se despiden, parece que se va de viaje, de curso al extranjero, quince años.

Solo van a ser doce horas, y son, sí, unos doce pasos para pasar de un lugar a otro.

Y entonces me dicen que ya… Me paro, me abrazan mucho, lloro un poco y camino despacio hacía el vacío… Siento que voy al matadero, y me asusto.

Antes, bromeó.

Ya tenemos una presidiaria en la familia.

Se le olvida que su padre había ya pisado esos lugares, por una noche, unas doce horas también. La presidiarez igual la llevamos en la sangre.

Lleva meses bromeando, que si necesita una taza de peltre para golpear los barrotes, que si la van a encadenar, que si Papillon y los hermanos Dalton.

Lleva meses, años, cuidándose las espaldas. Años tratando de que las bromas oculten su miedo profundo, visceral. Años evitando patrullas, recibiendo amenazas, protegiendo a los chicos. Años. Años. Años.

Y el martes por la mañana, la detuvieron.

 

Al fondo del corredor hay dos rejas. No son barrotes como en las películas, son cuadritos de metal, las rejas han perdido su verticalidad. Una reja para hombres, una reja para mujeres.

Del lado de los hombres, silencio. La observan. No se da cuenta, mira dónde pisa, aprieta convulsivamente el dedo del anillo, dedo desnudo. Se siente de hecho desnuda, sola, arrancada desde las raíces. Tierra seca.

Frente a mí un pasillo y dos rejas, luz blanca, un letrero hombres, un letrero mujeres. Me detienen frente a una celda vacía, abren los cerrojos, que hacen mucho ruido y rechinan. Esto no puede ser cierto. Antes de dar el último paso me golpea en la cara el olor fétido a orines, se me clavan las miradas de los otros presos, no puedo moverme, creo que voy a gritar. Allí adentro no puede entrar, señor, allí adentro no quiero entrar, señor… Yo aquí no puedo estar… El señor es un comandante que me encierra, indiferente, y se va. Es tu primera vez, ¿verdad güera? Tranquila, te vamos a cuidar. Eso me dice uno de los presos cuando me ve llorar. Yo sólo me hago para atrás…

Mira a su alrededor. ¿Qué es esto? ¿Dónde está?

Calabozo no es. Esos son profundos, húmedos, y para princesas.

Celda tampoco, cree, es muy grande, cuenta los mosaicos, 18 por 21 por 19, ancho, largo, alto.

No respira. No puede. El olor a orines es insoportable. El excusado a medio paso lo exhala, el piso lo suda, la coladera brilla de meadas acidas, las paredes supuran hedor insostenible. La orina flota en el aire, penetra poros y cabello, se introduce bajo las uñas, pica los ojos.

Toco fondo en la primera hora. Lloro, lloro mucho, por mí y mis hijos, por mi esposo gris, tan gris. Finalmente me siento en el piso sucio y maldigo al culpable, le dije puto mil veces, un puto por cada punto que se ganaron los judiciales, y un puto más, por si acaso. Dejo que la porquería y los orines se me suban y me invadan la ropa, el cabello y la mente… Me paralizo del miedo todas las veces que abren los cerrojos o azotan la puerta. Enloquezco un momento, me pierdo y caigo.

Me quebraron.

No se puede sentar. Las piernas rehúsan doblarse, la espalda permanece recta, tensa.

Dos chamarras, entró con dos chamarras, pero no se resuelve a poner una en la banca para sentarse.

Los de afuera le mandan un café, unos Doritos. La coca no la dejaron pasar que porque está fría, y no se puede. La taza de peltre, tampoco. Tantito papel de baño, unos pañuelos de hecho. Todo el rollo no se puede, que luego lo usan para otras cosas. No sabe qué otras cosas. No le interesa el asunto. Sólo tiene miedo. Y llora.

Y entonces aparece mi esposo y me dice: ¡ponte mi chamarra, te ves más ruda! Nos damos un beso por entre los barrotes y me coló un café. Él no sabe que yo ya no existo y que me ahogué en las letrinas del lugar, pero su beso, su mirada y su café con leche me recuerdan por quién vivo.  Yo no sé que él se cayó también, allá, del otro lado de la galera, calentando el refresco con su cuerpo, porque frío no lo dejaban entrar, pero mi beso le recuerda por quién vive.

Rezo y me rescato. Me voy de viaje a Bretaña, toco los muebles de la casa. Me siento en la playa, con mis hijos y Vic, huelo el mar, escucho gaviotas. Voy a mi cuarto y toco mi cobertor, y siento el viento de allá, que nada tiene que ver con el de acá, y menos con el de más acá. Regreso a mi celda, tranquila.

Pasa una hora, eterna. Y faltan las otras, eternas también.

Entabló conversación con los de al lado, contó su historia de a cachitos. Están todos indignados. Borrachos muchos, pero indignados. Eso que le hicieron señorita, no es de hombres, es de cobardes. Y correan todos después de un rato ese cuate es un puto, gritando su nombre claro, pero no usaré palabras altisonantes, sólo puto, puto, puto.

Piensa, como si fuera película, serie de Netflix, hasta el Chapo en las noticias, en dejar su marca. Lo piensa sin reír, es escapatoria sí, pero no broma, es en serio.

Logra, con el pie, despegar un fragmento de la pared, una madrecita, media uña casi. Con eso quiere grabar es un puto es un puto, con su nombre de él, pero repito, no usaré palabras de ese calibre aquí, hoy.

No logra nada, imagina a las que estuvieron antes, hay letras y garabatos por todos lados, y piensa que si ellas pudieron, pues le cae que ella también.

Y consigue un botón, se lo pasa un cuate de los de al lado, a cambio de media bolsa de Doritos, y rasca, graba, con fuego y con rabia puto puto puto.

Y entonces decido aprovechar el tiempo, faltan 11 horas más. ¿Y qué diantres puedo hacer aquí? Pues sacudirme y acicalarme la mente, primero. Quitarme la putrefacción del lugar, en segundo. Recordar el antes, sobreponerme al durante y esperar el después. 

Después de 120 vueltas en círculo en la celda y hacer 2 sentadillas – hay que mantener la forma- busco durante media hora algo con que escribir en la pared, puesto que es tradición. Cómo no hay nada, pateo la pared, con mis botas flojas, hasta que consigo romper un pedazo de moldura, de 5 cm quizás. A mi gran desilusión, la moldura resulta ser de plástico, y no me sirve para nada contra los mosaicos, pero al menos parece un cuchillo, chico y de plástico, pero arma es y la guardo.

Una hora después, otra de esas largas horas, al reo de la celda de al lado se le cae un botón. Se lo cambio por una bolsa de Doritos, hacemos amistad. Me presenta a todos los demás, a José Luis, a Alex, a Clavillazo el artista, a los dulceros, me preguntan qué hago allí. Bueno, ya me habían preguntado, pero yo no había contestado.

Usted es una dama y ese tipo es un maricón. Y los otros reos: es un puto y un maricón.

 Pasa otra hora y ya somos todos amigos, yo con mi cuchillito, escarbando entre los barrotes de la puerta para conseguir algo más con que escribir, cuando los 20 reos empiezan a cantar: ulises es un puto, ulises es un puto, y yo que me pongo a cantar con ellos, a toda voz.

Finalmente saco de la pared un pedacito de piedra de 5 milímetros, y con eso escribo en el concreto: puto Ulises puto. Que tu nombre, al que maldigo hoy, se quede grabado por la eternidad en este lugar. Yo al rato me voy, pero tú, puto, aquí te quedas…

Un hombre cerca de ella insiste en hablarle de mar, de gaviotas y de viajes siderales. Escoge pensar en su padre, está segura de que él le manda esa voz de viento y de locura.

Sigue llorando. Hablando con esos hombres extraños. Riendo. Tosiendo a veces.

Clavillazo me pide permiso de hablarme de astrofísica, digo que sí y lloro. El dulcero me promete un chocolate para cuando él salga, y dos grafiteros juran escribir el nombre del puto en las paredes de la ciudad. Los 20 reos me dan consejos para que no me roben las botas, me regalan sus tortas, y me hacen reír.

 

Ya se sentó.

Hizo pipi. En el excusado sin asiento sin puerta sin pared.

Contribuye ella también, aporta su orina al orín de los demás, extraña comunidad de desechos corporales.

 

Pasan las horas.

No hay manera de saber si falta poco, dentro de esos lugares es de noche aunque sea de día, la luz está prendida, los ruidos de la calle no llegan. Se siente fuera del tiempo, de la vida. Flota. Llora.

Porque una cosa es no tener miedo y otra es tener un chingo y superarlo. Y llorar no es malo. Es liberador. Es levantar el vuelo con las gaviotas.

Y entonces entra mi otra hermana, disculpándose:  lo siento, me quitaron todo, no te pude traer ni los cigarros ni la taza de peltre para que golpees los barrotes. Y las risas, las carcajadas. Un rayo de luz y una bocanada de aire limpio.

Vuelve a contar los mosaicos. De izquierda a derecha. En español, en inglés, en francés, en idiomas inventados. Cuenta sus pasos, uno y uno y uno, hacen falta las pinches agujetas, se le salen las botas de los pies. Ya hizo pipi otra vez.

Y luego entra mi esposo, y luego ya no dejan entrar a nadie más…

Pasan más horas. Esto es eterno. Ya no ríe, ya no habla. Los hombres de al lado son cada vez más numerosos. Tiene miedo, claro. Sabe que afuerita, a unos metros, está su familia, pero adentro está sola.

 

Ruidos. Llaves, o cerrojo no tiene idea.

Sale.

La abrazan. Fuerte. Abrazos de felicidad. De ya regresaste de tu viaje de estudios de quince años tan lejos de nosotros.

Los niños están bien. Risas. El bebé no ha llorado, el grande entiende. Exclamaciones, más lágrimas.

Hueles a cerveza hermana, le dicen.

Y contesta, muy sabia, no, no es cerveza, son orines de borrachos.

Por fin sabe dónde estuvo todo el día. Se les llama separos. Por obvias razones.

 

A las 12 horas de galeras salí… Diferente de como entré.

Mi marido lloró, en la noche, estando los dos en la casa…

No me mataron, no me golpearon, sólo me quebraron

 

Se trató de una privación ilegal de la libertad. La orden de arresto no era legal. El puto propició esta… putez.

Soy una de las hermanas de la presidiaria. Y me cae que qué pinche valor ha tenido todos estos años. Y me cae que no se va a dejar. Y me cae que sola no está. Y me cae que puto puto puto.

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Ma sœur la taularde

Ecrit à quatre mains et une quantité invraisemblable de cœurs.

 

“Maman chérie, au moins tu t’es fait plein de copains”… Oui mon amour… Je réponds lentement, bouleversée.

J’ai la permission d’aller aux toilettes, sous surveillance. Ils ont peur que je m’échappe ou un truc dans le genre parce qu’une femme se colle à moi et me suit. Je suis le gros lot du jour dit un des flics, elle vaut plein de points la güera. Je prie dans les toilettes, pour moi et pour mes enfants, pour mon mari et pour ma famille.

Et alors je vois mon mari, gris, et ensuite ma sœur, blanche, et mon beau-frère, décoiffé et gris. Les hommes sont en gris, les femmes en blanc. Moi… je n’ai plus de couleur, on me l’a volée

 

Vos lacets mademoiselle

Portable, cigarettes, briquet

Votre pendentif

La bague

 

Pas la bague, non !

C’est la seule chose qu’elle arrive à dire avant de fondre en larmes.

Pas la bague…

Mon mari retire les lacets de mes bottes, c’est la règle disent-ils. Je ne bouge pas mais je dis que sans les lacets je vais tomber, et je pleure tout doucement, comme une petite fille. Ma sœur me demande la bague, je refuse, cette bague c’est la mienne et celle de Vic. Tout se trouble et je perds mon souffle quand ma sœur me dit, d’une voix de sœur aînée, donne-moi ta bague ou on va te la piquer. Vic m’enlève mon collier, un cadeau que lui m’a fait, avec mon fils. Je plaisante, pour qu’on me croie forte, mais je sais bien qu’ils savent que je suis sur le point de m’évanouir de peur.

 

On la fouille des pieds à la tête, de la tête aux pieds, pardon, le mouvement est descendant.

Voilà, vous pouvez passer.

Tout le monde dit au revoir, on dirait qu’elle part en voyage, un cours à l’étranger, pour quinze ans.

Ce n’est que pour douze heures, et oui, il y environ douze pas pour passer d’un endroit à l’autre.

Et alors on me dit que c’est l’heure… Je me lève, on m’embrasse beaucoup, je pleure un peu puis je marche lentement vers le vide… J’ai l’impression d’aller à l’abattoir, et j’ai peur

 

Avant, elle a rigolé.

Ça y est on a une taularde dans la famille.

Elle oublie que son père avait déjà été l’hôte de ces lieux, juste une nuit, douze heures aussi. Faut croire qu’la taulardise on l’a dans le sang.

Ça fait des mois qu’elle blague, qu’elle parle de tasse en métal pour cogner sur les barreaux, de chaînes à ses pieds, de Papillon et des frères Dalton.

Ça fait des mois, des années, qu’elle regarde derrière son dos. Des années qu’elle essaie de tuer la peur profonde, viscérale, à coups de blagues.

Et mardi matin, elle a été arrêtée.

 

Au fond du couloir il y a deux grilles. Pas des barreaux comme dans les films, ce sont des carrés en métal, les barreaux ont perdu leur verticalité. Une grille pour les hommes, une grille pour les femmes.

Du côté des hommes, c’est le silence. On la dévisage. Elle ne s’en rend pas compte, elle regarde où elle met les pieds, serre convulsivement le doigt de la bague, doigt dénudé. Elle se sent en fait dénudée aussi, seule, arrachée depuis la racine. Terre sèche.

Devant moi un couloir et deux grilles, de la lumière blanche, un écriteau hommes, un écriteau femmes. On m’arrête devant une cellule vide, on tire les verrous, ils font beaucoup de bruit et grincent. Ce n’est pas vrai, ce n’est pas possible. Avant de faire le dernier pas, l’odeur fétide de la pisse me frappe au visage, les regards des autres prisonniers me transpercent, je ne peux pas bouger, je crois que je vais crier. Je ne peux pas entrer là-dedans, monsieur, je ne veux pas entrer là-dedans… Je ne peux pas être ici… Le monsieur est un commandant qui m’enferme, indifférent, et s’en va. C’est ta première fois, hein, güera. T’inquiète, on va te protéger. C’est ce que me dit un des prisonniers quand il me voit pleurer. Je n’arrive qu’à reculer, un peu…

 

Elle regarde autour d’elle. De quoi s’agit-il ? Où est-elle ?

Ce n’est pas un cachot. Les cachots sont profonds, humides, et pleins de princesses.

Ce n’est pas non plus une cellule, croit-elle, c’est trop grand, elle compte les carreaux du mur, 18 sur 16 sur 22.

Elle ne respire pas. Elle en est incapable. L’odeur de pisse est insuportable. Les WC au milieu du passage l’exhalent, le sol l’exsude, la grille de l’égout brille de pissouilles acides, les murs suppurent des remugles intolérables. L’urine flotte dans l’air, pénètre pores et cheveux, s’introduit sous les ongles, pique les yeux.

Je coule complètement dès la première heure. Je pleure, je pleure beaucoup, pour moi et pour mes enfants, pour mon mari gris, si gris. Finalement je m’assieds sur le sol sale et maudis le coupable, je l’appelle salopard mille fois, un salopard pour chaque point que les flics ont fait, et un salopard de plus, au cas où. Je laisse que la saleté et la pisse me submergent et envahissent mes vêtements, mes cheveux et mon esprit… Je suis paralysée par la peur à chaque fois qu’on tire sur les verrous ou qu’on claque la porte. Je perds la raison un moment, me perds et tombe.

Elle ne peut pas s’asseoir. Les jambes refusent de plier, le dos reste droit, tendu.

Deux vestes, elle est entrée avec deux vestes, mais ne se résout pas à en mettre une sur le banc pour s’asseoir.

Ceux qui sont dehors lui envoient un café, des Doritos. Le Coca on ne l’a pas laissé passer, il est froid, on n’a pas le droit.

Et alors mon mari arrive et me dit : mets ma veste, tu auras l’air plus costaud! On s’embrasse entre les barreaux et il me file un café. Il ne sait pas que je n’existe plus et que je me suis noyée dans les lettrines de cet endroit, mais son baiser, son regard et son café au lait me rappellent pour qui je vis. Je ne sais pas que lui aussi est tombé, là-bas, de l’autre côté de la taule, réchauffant le soda de son corps, froid on n’a pas le droit, mais mon baiser lui rappelle pour qui il vit.

Je prie et me sauve. Je pars en voyage en Bretagne, je touche les meubles de la maison. Je m’assieds sur la plage, avec Vic et les enfants, je sens la mer, j’écoute les mouettes. Je vais dans ma chambre et touche le couvre-lit, et je sens le vent de là-bas, qui n’a rien à voir avec le vent ici, et encore moins avec celui de ce moment. Je reviens dans ma cellule, tranquille.

 

 

Une heure passe, interminable. Et il manque encore les autres, interminables aussi.

Elle entame une conversation avec ceux d’à côté, elle a raconté son histoire par petits bouts. Ils sont tous outragés. Ivres pour la plupart, mais outragés. Ce qu’on vous a fait mademoiselle, c’est pas un truc d’hommes, c’est un truc de lâches. Et de reprendre tous en cœur ce type est un salopard, criant son nom bien sûr mais je ne mettrais pas de gros mots ici, juste salopard, salopard, salopard.

Elle pense, comme s’il s’agissait d’un film, d’une série sur Netflix, ou du Chapo aux infos, à laisser sa marque. Elle y pense sans rigoler, c’est une diversion oui, mais ce n’est pas une blague, c’est du sérieux.

Elle arrive, avec le pied, à décoller un fragment de mur, un petit rien du tout, la moitié d’un ongle presque. Avec ça elle veut graver salopard salopard, avec son prénom a lui, mais je répète, je n’userai pas de mots de calibre, ici, aujourd’hui.

Elle n’arrive à rien, imagine celles qui sont passées avant elle, il y a des lettres et des gribouillis partout, et pense que si elles y sont arrivées, ben merde, elle va le faire aussi.

Et elle dégotte un bouton, c’est un des gars d’à côté qui le lui passe, contre un demi-sac de Doritos, et gratte, grave, en feu et en rage salopard salopard salopard.

Et alors je décide de tirer parti du temps que j’ai, il manque encore 11 heures. Et qu’est-ce que je peux bien faire ici ? Eh bien me secouer et me toiletter les idées, d’abord. Puis après, m’arracher la putréfaction de cet endroit.

Me souvenir de l’avant, surmonter le pendant et attendre l’après.

Après 120 tours de cellule et 2 flexions – faut garder la forme- je cherche pendant une demi-heure quelque chose pour écrire sur le mur, puisque c’est la tradition. Comme il n’y a rien, je cogne sur le mur, avec mes bottes qui se tirent dans tous les sens, jusqu’à casser un petit bout de plinthe, de 5 cm peut-être. À mon grand désespoir, la plinthe est en plastique, elle en sert à rien contre les carreaux, mais au moins elle a une gueule de couteau, minus et en plastique, mais c’est une arme et je la garde.

Une heure après, encore une de ces longues heures, le reclus de la cellule d’à côté perd un bouton, sa chemise a cédé. Je le lui échange contre un sac de Doritos, on devient copains. Il me présente tous les autres, José Luis, Alex, Clavillazo le vendeur de bonbons, ils me demandent ce que je fais là. Bon, ils m’avaient déjà demandé, mais je n’avais pas tout dit.

Vous êtes une dame et ce type est un pédé. Et les autres reclus : c’est un salopard et un pédé.

Une autre heure passe et nous sommes tous copains là. Moi avec mon petit couteau, grattant entre les barreaux pour trouver de quoi écrire, quand les 20 gars entonnent : ulises est un salopard, ulises est un salopard, et alors moi, je chante avec eux, à pleine voix.

Finalement je tire du mur un petit bout de pierre de 5 millimètres, et avec, j’écris dans le béton : salopard ulises salopard. Que ton nom, que je maudis aujourd’hui, reste gravé ici pour l’éternité. Moi je pars tout à l’heure, mais toi, salopard, tu restes ici…

 Un homme près d’elle ne fait que parler de mer, de mouettes et de voyages sidéraux. Elle choisit de penser à son père, elle est sûre que c’est lui qui lui envoie cette voix de vent et de folie.

Elle pleure encore. Parle encore avec ces hommes étranges. Rit. Tousse parfois.

Clavillazo me demande la permission de me parler d’astrophysique, je dis que oui et je pleure. Le vendeur de bonbons me promet un chocolat pour quand il sera sorti et deux graffiteurs jurent d’écrire le nom du salopard sur tous les murs de la ville. Les 20 reclus me noient de conseils pour éviter me faire piquer les bottes, me donnent leur manger, et me font rire.

Elle s’est assise.

Elle a fait pipi. Sur les WC qui n’ont ni siège ni porte ni mur.

Elle contribue elle aussi, elle apporte son urine à la pisse des autres, étrange communauté de déchets corporels.

 

Les heures passent.

Pas moyen de savoir si c’est bientôt fini, dans ces endroits-là, il fait nuit même le jour, la lampe est allumée, les bruits de la rue étouffés. On se sent hors du temps, de la vie. Elle flotte. Elle pleure.

Parce que ne pas avoir peur c’est pas du tout comme avoir vachement peur et la surmonter. Et pleurer c’est pas nul. C’est libérateur. C’est s’envoler avec les mouettes.

Et alors mon autre sœur arrive, elle s’excuse : Je suis désolée, on m’a tout pris, je n’ai pu t’apporter ni les cigarettes ni la tasse en métal pour taper sur les barreaux. Et de rire, de s’esclaffer. Un rayon de lumière et une bouffée d’air frais.

Elle compte de nouveau les carreaux. De gauche à droite. En espagnol, en anglais, en français, elle invente des langues. Elle compte ses pas, un puis un puis un, les maudits lacets absents compliquent tout, ses bottes essaient de se faire la malle. Elle a fait pipi, encore.

Et après mon mari rentre un moment, et après on ne laisse plus passer personne.

Les heures passent, les autres. C’est interminable. Elle ne rit plus, ne parle plus. Les hommes d’à côté sont de plus en plus nombreux. Elle a peur, bien sûr. Elle sait que juste dehors, à quelques mètres, il y a sa famille, mais dedans, elle est seule.

 

Des bruits. Des clefs, ou un verrou aucune idée.

Elle sort.

On l’embrasse. Fort. Des embrassades de bonheur. De enfin, tu reviens de ton voyage d’études, quinze ans si loin de nous.

Les enfants vont bien. Rires. Le bébé n’a pas pleuré, le grand comprend. Exclamations, larmes, encore.

Tu sens la bière chère sœur, lui dit-on.

Et elle répond, très sage, non, non, pas la bière, la pisse d’ivrogne.

Elle sait enfin où elle a passé la journée. Dans une bulle, séparée des siens.

 

Après 12 heures de taule je suis sortie… Différente de comme je suis entrée.

Mon mari a pleuré, la nuit, quand nous étions tous les deux seuls à la maison.

On ne m’a pas tuée, on ne m’a pas tabassée, on m’a juste brisée…

 

Il s’est agi d’une privation illégale de la liberté. Le mandat d’arrêt n’était pas légal. Le salopard est à l’origine de cette… saloperie.

Je suis une des sœurs de la taularde. Et merde, du courage elle en a eu plein toutes ces années. Et merde, elle ne va pas se laisser faire. Et merde, elle n’est pas seule. Et merde, salopard salopard salopard.

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Tiene que ser pesadilla

Corre por la calle

Corre y tiembla

Corre y grita

Se llevan a mi hermana Se llevan a mi hermana Se llevan a mi hermana

Los coches se alejan El rojo persigue al blanco

Corre Sigue gritando

Corre gente con ella Salieron de sus casas De sus tiendas Se acerca una moto Mucha gente Corren todos Gritan

Celular Llamar a la policía Tiemblan las manos Se llevan a mi hermana Se llevan a mi hermana

Tiemblan las manos Tiembla la memoria No sabe si buscar Policía o Comandante en sus contactos

Llama Contestan enseguida Sí ya sabemos En la 5 de mayo Llamaron los vecinos

La abrazan Una señora jura ayunar hasta que encuentren a la joven Los de la moto ofrecen apoyo Todos indignados Hartos Encabronados Todos

Tiembla  Tiembla Tiembla Manda mensaje Nombre Descripción

La persecución terminó Tráfico Explicaciones Tráfico Qué haces cabrón Tráfico Tráfico Tráfico

Pesadilla Tiene que ser una pesadilla

Se llevaron a mi hermana.

 

PD: Todo está bien. Fue en efecto una privación ilegal de la libertad. Tardé dos días en poder escribir. Tiene que ser una pesadilla lo que se vive, tiene que serlo.

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Il faut que ce soit un cauchemar

Elle court dans la rue

Elle court et tremble

Elle court et crie

On enlève ma sœur On enlève ma sœur On enlève ma sœur

Les voitures s’éloignent La rouge poursuit la blanche

Elle court Elle crie encore

Des gens courent avec elle Ils sont sortis de chez eux Des magasins Une moto arrive Des dizaines de personnes courent Ils courent tous Ils crient

Portable Appeler la police Les mains tremblent On enlève ma sœur On enlève ma sœur

Les mains tremblent la mémoire tremble Elle ne sait plus si elle cherche Police ou Commandant dans ses contacts

Elle appelle On répond tout de suite Oui on sait Sur la 5 de mayo Les voisins ont appelé

On la serre dans les bras Une dame jure de jeûner jusqu’à ce que l’on retrouve la jeune femme Les motards offrent leur appui Tous indignés Dégoûtés Enragés Tous

Elle tremble Tremble Tremble Envoie un message Nom description

La poursuite est terminée Embouteillages Explications Embouteillages Tu fais quoi Connard Embouteillages Embouteillages Embouteillages

Cauchemar Ce ne peut être qu’un cauchemar

On a enlevé ma sœur.

 

PS : Tout va bien. Ça a été en effet une privation illégale de la liberté. J’ai mis deux jours à pouvoir écrire un peu. Ce que l’on vit ici doit être un cauchemar, ce n’est pas possible autrement.

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Le lavoir

Chez moi, mon chez moi de là-bas, il y a une buanderie, énorme. Si grande qu’elle sert un peu de cave un peu de cellier un peu de pièce à se faire peur.

Dans cette buanderie, sous les fenêtres qui donnent sur le figuier, un lavoir.

Un vieux truc, assez laid, en ciment.

Grand, aussi grand pour un lavoir que l’est la buanderie pour les buanderies.

Il est si grand que papa y mettait à tremper tout son attirail de pêche sous-marine et son gros sac vert avec.

Si grand que mon frère pouvait s’y tenir debout, enfant, et rincer à l’eau claire l’eau de la mer de sa peau.

Si grand que nos pêches les plus formidables y semblaient dérisoires.

Si grand que les petits enfants n’en voyaient pas l’intérieur.

Sur le bord, une espèce de margelle, large, droite.

Dessus, on pouvait mettre plusieurs paires de sandales après la pêche, pour en enlever la vase les coquillages incrustés dans la semelle le goudron aussi.

On pouvait y poser tout le linge à laver, les chemises de nuit en flanelle même en été, le pantalon en toile de papa, la robe à fleurs de mémé, les maillots des petits, le gilet gris à perles de maman.

De l’autre côté, une vieille brosse. Vieille de l’âge de mon adolescence. Un savon qui pue, oui, nulle l’odeur, mais qui détache. Le savon devait être plus récent, mais c’était encore  mon enfance mon adolescence.

Ode au lavoir ?

Un peu.

Mais surtout ode aux objets touchés para mes grand-parents, mes parents, mes frères et sœurs, même mes cousins de Marseille. Odeurs d’eau, ne gaspillez pas l’eau chaude, odeurs de savon dégueu, de poison cru, de mer, de sel, de ciel.

 

Ce lavoir a été détruit, récemment, par une personne qui ne sait pas, qui ne pouvait pas savoir, mais qui aurait pu deviner. Elle a aussi retiré une cheminée, danger dit-elle, un sol en lino, horrible, mais mien, nôtre, danger dit-elle, une cloison dans ma chambre, danger, les cabinets dans les salles de bains, danger encore ?, et les arbres, les arbres du jardin sur le côté. Les meubles anciens, les tableaux, relégués  dans la buanderie cellier cave pièce qui fait peur.

Je sais, la raison devrait l’emporter, danger, modernité, confort, mais ma raison me hurle qu’elle aurait dû demander.

Elle ne sait pas, je sais, mais elle aurait dû .

Et je ne sais pas quelle partie de moi est morte, mais le deuil est lourd à porter.

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El lavadero

 

 

 

En casa, mi casa de allá, hay un cuarto de lavado, enorme. Tan grande que sirve tantito de bodega de despensa de cuarto para darse tantito miedo.

En ese cuarto de lavado, bajo las ventanas que dan a la higuera, un lavadero.

Una cosa viejona, bastante fea, de cemento.

Grande, tan grande para lavadero como lo es el cuarto de lavado para los cuartos de lavado.

Tan grande que papá dejaba remojar en él toda su parafernalia de pesca submarina con todo y su mochilón verde.

Tan grande que mi hermano cabía en él, de pie, cuando niño, para enjuagar con agua clara el agua de mar en su piel.

Tan grande que nuestras pescas más impresionantes parecían irrisorias en él.

Tan grande que los niños no veían su interior.

Por un lado, algo como un reborde, ancho, recto.

Encima, se podían poner varias pares de chanclas después de pescar para quitarles el lodo las conchas incrustadas en la suela el alquitrán también.

Se podía poner en él toda la ropa para lavar, los camisones de franela aunque fuera verano, el pantalón de mezclilla de papá, el vestido de flores de la abuela, los trajes de baño de los más chicos, el suéter gris d perlas de mamá.

Del otro lado, un cepillo viejo. De la edad de mi adolescencia. Un jabón que apesta, sí, fatal el olor, pero que desmancha. El jabón debía ser más reciente, pero sequía siendo mi infancia mi adolescencia.

¿Oda al lavadero?

Un poco.

Pero sobre todo oda a los objetos tocados por mis abuelos, mis papás, mis hermanos, hasta mis primos de Marsella. Olores de agua, no desperdicien el agua caliente, olores de jabón apestoso, de pescado crudo, de mar, sal, cielo.

 

Ese lavadero fue destruido recientemente, por una persona que no sabe, que no podía saber, pero que podría haber adivinado. También retiró una chimenea, peligro dijo, un piso de linóleo, horrible, pero mío, nuestro, peligro, una pared en mi recámara, peligro, los gabinetes de los baños, ¿otra vez peligro?, y los árboles, los arboles del jardín de la izquierda. Los muebles antiguos, los cuadros, relegados al cuarto de lavado bodega despensa cuarto que asusta.

Ya sé, la razón debería triunfar, peligro, modernidad, comodidad, pero mi razón me grita que debería de haber preguntado.

No sabe, ya sé, pero debería.

Y no sé qué parte de mí murió, pero el luto es muy duro de llevar.

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