Mi hermana la presidiaria

Mi hermana la presidiaria

Escrito a cuatro manos, y un chingo de corazones.

 

“Mamita, al menos hiciste muchos amigos”… Sí mi amor, contesto despacio, sin aliento.

¿Me irán a golpear? ¿Me irán a matar? Cuiden a mis hijos, por Dios.

Me dan permiso de ir al baño, custodiada. Temen que me escape o algo porque se me pega una mujer y me sigue. Soy el premio del día dice un judicial, vale muchos puntos la güera.  Rezo en el baño, por mí y por mis hijos, por mi esposo y mi familia.

Y entonces veo a mi esposo, gris, y luego a mi hermana, blanca, y a mi cuñado, despeinado y gris. Los hombres van de gris y las mujeres de blanco. Yo… no tengo color, me lo están robando…

 

Las agujetas por favor señorita

Celular, cigarros, encendedor

Su dije

El anillo

 

¡El anillo no!

Es lo único que alcanza a decir antes de llorar

El anillo no…

Mi esposo me quita las agujetas de las botas, dicen que es la regla. No me muevo pero les digo que sin agujetas me voy a caer y lloro despacio, como niña. Mi hermana me pide el anillo, y me niego, porque ese anillo es mío y es de Vic. Se me nubla todo y se me va el aliento cuando mi hermana me dice, con voz de hermana mayor, dame tu anillo o te lo van a robar. Vic me quita el collar, un regalo suyo y de mi hijo. Hago una broma, para que me vean fuerte, pero ya sé que ellos saben que en realidad me estoy desmayando del miedo. 

 

La revisan de pies a cabeza, de cabeza a pies perdón, el gesto es descendiente.

Bien, ya puede ingresar.

Todos se despiden, parece que se va de viaje, de curso al extranjero, quince años.

Solo van a ser doce horas, y son, sí, unos doce pasos para pasar de un lugar a otro.

Y entonces me dicen que ya… Me paro, me abrazan mucho, lloro un poco y camino despacio hacía el vacío… Siento que voy al matadero, y me asusto.

Antes, bromeó.

Ya tenemos una presidiaria en la familia.

Se le olvida que su padre había ya pisado esos lugares, por una noche, unas doce horas también. La presidiarez igual la llevamos en la sangre.

Lleva meses bromeando, que si necesita una taza de peltre para golpear los barrotes, que si la van a encadenar, que si Papillon y los hermanos Dalton.

Lleva meses, años, cuidándose las espaldas. Años tratando de que las bromas oculten su miedo profundo, visceral. Años evitando patrullas, recibiendo amenazas, protegiendo a los chicos. Años. Años. Años.

Y el martes por la mañana, la detuvieron.

 

Al fondo del corredor hay dos rejas. No son barrotes como en las películas, son cuadritos de metal, las rejas han perdido su verticalidad. Una reja para hombres, una reja para mujeres.

Del lado de los hombres, silencio. La observan. No se da cuenta, mira dónde pisa, aprieta convulsivamente el dedo del anillo, dedo desnudo. Se siente de hecho desnuda, sola, arrancada desde las raíces. Tierra seca.

Frente a mí un pasillo y dos rejas, luz blanca, un letrero hombres, un letrero mujeres. Me detienen frente a una celda vacía, abren los cerrojos, que hacen mucho ruido y rechinan. Esto no puede ser cierto. Antes de dar el último paso me golpea en la cara el olor fétido a orines, se me clavan las miradas de los otros presos, no puedo moverme, creo que voy a gritar. Allí adentro no puede entrar, señor, allí adentro no quiero entrar, señor… Yo aquí no puedo estar… El señor es un comandante que me encierra, indiferente, y se va. Es tu primera vez, ¿verdad güera? Tranquila, te vamos a cuidar. Eso me dice uno de los presos cuando me ve llorar. Yo sólo me hago para atrás…

Mira a su alrededor. ¿Qué es esto? ¿Dónde está?

Calabozo no es. Esos son profundos, húmedos, y para princesas.

Celda tampoco, cree, es muy grande, cuenta los mosaicos, 18 por 21 por 19, ancho, largo, alto.

No respira. No puede. El olor a orines es insoportable. El excusado a medio paso lo exhala, el piso lo suda, la coladera brilla de meadas acidas, las paredes supuran hedor insostenible. La orina flota en el aire, penetra poros y cabello, se introduce bajo las uñas, pica los ojos.

Toco fondo en la primera hora. Lloro, lloro mucho, por mí y mis hijos, por mi esposo gris, tan gris. Finalmente me siento en el piso sucio y maldigo al culpable, le dije puto mil veces, un puto por cada punto que se ganaron los judiciales, y un puto más, por si acaso. Dejo que la porquería y los orines se me suban y me invadan la ropa, el cabello y la mente… Me paralizo del miedo todas las veces que abren los cerrojos o azotan la puerta. Enloquezco un momento, me pierdo y caigo.

Me quebraron.

No se puede sentar. Las piernas rehúsan doblarse, la espalda permanece recta, tensa.

Dos chamarras, entró con dos chamarras, pero no se resuelve a poner una en la banca para sentarse.

Los de afuera le mandan un café, unos Doritos. La coca no la dejaron pasar que porque está fría, y no se puede. La taza de peltre, tampoco. Tantito papel de baño, unos pañuelos de hecho. Todo el rollo no se puede, que luego lo usan para otras cosas. No sabe qué otras cosas. No le interesa el asunto. Sólo tiene miedo. Y llora.

Y entonces aparece mi esposo y me dice: ¡ponte mi chamarra, te ves más ruda! Nos damos un beso por entre los barrotes y me coló un café. Él no sabe que yo ya no existo y que me ahogué en las letrinas del lugar, pero su beso, su mirada y su café con leche me recuerdan por quién vivo.  Yo no sé que él se cayó también, allá, del otro lado de la galera, calentando el refresco con su cuerpo, porque frío no lo dejaban entrar, pero mi beso le recuerda por quién vive.

Rezo y me rescato. Me voy de viaje a Bretaña, toco los muebles de la casa. Me siento en la playa, con mis hijos y Vic, huelo el mar, escucho gaviotas. Voy a mi cuarto y toco mi cobertor, y siento el viento de allá, que nada tiene que ver con el de acá, y menos con el de más acá. Regreso a mi celda, tranquila.

Pasa una hora, eterna. Y faltan las otras, eternas también.

Entabló conversación con los de al lado, contó su historia de a cachitos. Están todos indignados. Borrachos muchos, pero indignados. Eso que le hicieron señorita, no es de hombres, es de cobardes. Y correan todos después de un rato ese cuate es un puto, gritando su nombre claro, pero no usaré palabras altisonantes, sólo puto, puto, puto.

Piensa, como si fuera película, serie de Netflix, hasta el Chapo en las noticias, en dejar su marca. Lo piensa sin reír, es escapatoria sí, pero no broma, es en serio.

Logra, con el pie, despegar un fragmento de la pared, una madrecita, media uña casi. Con eso quiere grabar es un puto es un puto, con su nombre de él, pero repito, no usaré palabras de ese calibre aquí, hoy.

No logra nada, imagina a las que estuvieron antes, hay letras y garabatos por todos lados, y piensa que si ellas pudieron, pues le cae que ella también.

Y consigue un botón, se lo pasa un cuate de los de al lado, a cambio de media bolsa de Doritos, y rasca, graba, con fuego y con rabia puto puto puto.

Y entonces decido aprovechar el tiempo, faltan 11 horas más. ¿Y qué diantres puedo hacer aquí? Pues sacudirme y acicalarme la mente, primero. Quitarme la putrefacción del lugar, en segundo. Recordar el antes, sobreponerme al durante y esperar el después. 

Después de 120 vueltas en círculo en la celda y hacer 2 sentadillas – hay que mantener la forma- busco durante media hora algo con que escribir en la pared, puesto que es tradición. Cómo no hay nada, pateo la pared, con mis botas flojas, hasta que consigo romper un pedazo de moldura, de 5 cm quizás. A mi gran desilusión, la moldura resulta ser de plástico, y no me sirve para nada contra los mosaicos, pero al menos parece un cuchillo, chico y de plástico, pero arma es y la guardo.

Una hora después, otra de esas largas horas, al reo de la celda de al lado se le cae un botón. Se lo cambio por una bolsa de Doritos, hacemos amistad. Me presenta a todos los demás, a José Luis, a Alex, a Clavillazo el artista, a los dulceros, me preguntan qué hago allí. Bueno, ya me habían preguntado, pero yo no había contestado.

Usted es una dama y ese tipo es un maricón. Y los otros reos: es un puto y un maricón.

 Pasa otra hora y ya somos todos amigos, yo con mi cuchillito, escarbando entre los barrotes de la puerta para conseguir algo más con que escribir, cuando los 20 reos empiezan a cantar: ulises es un puto, ulises es un puto, y yo que me pongo a cantar con ellos, a toda voz.

Finalmente saco de la pared un pedacito de piedra de 5 milímetros, y con eso escribo en el concreto: puto Ulises puto. Que tu nombre, al que maldigo hoy, se quede grabado por la eternidad en este lugar. Yo al rato me voy, pero tú, puto, aquí te quedas…

Un hombre cerca de ella insiste en hablarle de mar, de gaviotas y de viajes siderales. Escoge pensar en su padre, está segura de que él le manda esa voz de viento y de locura.

Sigue llorando. Hablando con esos hombres extraños. Riendo. Tosiendo a veces.

Clavillazo me pide permiso de hablarme de astrofísica, digo que sí y lloro. El dulcero me promete un chocolate para cuando él salga, y dos grafiteros juran escribir el nombre del puto en las paredes de la ciudad. Los 20 reos me dan consejos para que no me roben las botas, me regalan sus tortas, y me hacen reír.

 

Ya se sentó.

Hizo pipi. En el excusado sin asiento sin puerta sin pared.

Contribuye ella también, aporta su orina al orín de los demás, extraña comunidad de desechos corporales.

 

Pasan las horas.

No hay manera de saber si falta poco, dentro de esos lugares es de noche aunque sea de día, la luz está prendida, los ruidos de la calle no llegan. Se siente fuera del tiempo, de la vida. Flota. Llora.

Porque una cosa es no tener miedo y otra es tener un chingo y superarlo. Y llorar no es malo. Es liberador. Es levantar el vuelo con las gaviotas.

Y entonces entra mi otra hermana, disculpándose:  lo siento, me quitaron todo, no te pude traer ni los cigarros ni la taza de peltre para que golpees los barrotes. Y las risas, las carcajadas. Un rayo de luz y una bocanada de aire limpio.

Vuelve a contar los mosaicos. De izquierda a derecha. En español, en inglés, en francés, en idiomas inventados. Cuenta sus pasos, uno y uno y uno, hacen falta las pinches agujetas, se le salen las botas de los pies. Ya hizo pipi otra vez.

Y luego entra mi esposo, y luego ya no dejan entrar a nadie más…

Pasan más horas. Esto es eterno. Ya no ríe, ya no habla. Los hombres de al lado son cada vez más numerosos. Tiene miedo, claro. Sabe que afuerita, a unos metros, está su familia, pero adentro está sola.

 

Ruidos. Llaves, o cerrojo no tiene idea.

Sale.

La abrazan. Fuerte. Abrazos de felicidad. De ya regresaste de tu viaje de estudios de quince años tan lejos de nosotros.

Los niños están bien. Risas. El bebé no ha llorado, el grande entiende. Exclamaciones, más lágrimas.

Hueles a cerveza hermana, le dicen.

Y contesta, muy sabia, no, no es cerveza, son orines de borrachos.

Por fin sabe dónde estuvo todo el día. Se les llama separos. Por obvias razones.

 

A las 12 horas de galeras salí… Diferente de como entré.

Mi marido lloró, en la noche, estando los dos en la casa…

No me mataron, no me golpearon, sólo me quebraron

 

Se trató de una privación ilegal de la libertad. La orden de arresto no era legal. El puto propició esta… putez.

Soy una de las hermanas de la presidiaria. Y me cae que qué pinche valor ha tenido todos estos años. Y me cae que no se va a dejar. Y me cae que sola no está. Y me cae que puto puto puto.

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