#meprendeelolordetuselectrodos

 

#meprendeelolordetuselectrodos

Por lo visto me gusta que me electrocuten.

Ayer estudio con un montón de descargas eléctricas, agujas delgaditas y manos firmes, del doc.

Bueno, manos firmes casi todo el tiempo.

Porque llegando a la última parte del estudio, se me descompuso el doctor.

No lo puso nervioso picarme piernas y brazos, subirle a los amperes de su aparatito para “provocar una buena respuestas”, ni pedirme que me quitara la ropa.

Pero instalar electrodos en mis labios mayores, lo infartó, casi.

Yo iba preparada, mental y físicamente. El bosque que adorna mi vulva había desaparecido bajo la acción desbrozadora de las tijeras del baño y mi mente iba llena de imágenes de lagos y praderas apacibles.

De hecho, había yo llegado a la conclusión de que me causa más vergüenza que  me vean la panza a que vean mi conchita hermosa.

A ésa ya la han visto tantos, entre cirugías, hospitalizaciones, señora la vamos a bañar, señora le voy a tocar sus partes, la infiltración de hace unos años, más las visitas ginecológicas, de a una al año desde hace como 30, que la verdad, no me causa ningún empacho quitarme los calzones.

Tons, ahí estábamos, el mareado, muy atento, coto reservado ¿verdad?, el doc, yo y los electrodos.

Claro que me tuve que quitar la pantaleta, escogida porque combina con el brasier que llevaba, que nadie vio, porque nadie me electrocutó los senos.

El doc no supo si salir del consultorio, verme a los ojos o qué. Tengo que precisar que se ve joven el hombre, muy sapiente, pero joven. Y se ruborizó cuando, ya que logré quitarme dicha prenda, se la lancé al mareado, así, a través del cuartito en el que estábamos. El mareado, impasible, la dobló, y la metió a la bolsa de su pantalón. Total, ni que fuera la primera vez que le aviento calzones ¿no? Bueno, admito que en público no había pasado.

Y empezó el baile de las manos temblorosas. Yo tranquila, repito, mi vulva es ya dominio público en hospitales y consultorios y el lago y praderas de mi mente estaban a todo lo que daban. Y que los cochinos electrodos no agarran, que las descargas eléctricas que me propinaban no eran adecuadas, que los voy a mover Señora Guénaëlle, que lo siento, dígame si siente algo… Y yo muy docta: un poco más fuerte, más a la derecha, eso, sí, perfecto.

Terminado el estudio, el doc agarró los cables, jaló, me despegó los electrodos que claro, ya se habían adherido perfectamente, y los aventó al bote de la basura…

Obvio que se los pedí, onda algo voy a hacer algo con ellos doctor, nunca me habían tocado de esos, sí, deveras, un dibujo, o un cuadro.

El pobre hombre pasó por todos los colores, se electrocutó mentalmente imagino Y NO me los dio. No pudo. Digo si no se había repuesto de la tocada, ¿cómo resolverse a hurgar en un basurero?

Hoy es hoy. Ya no hay descargas. Pero mis electrodos aquí están.

Los sacó el mareado de su bote, los envolvió con papel absorbente, sacó mi calzón de su bolsa trasera y ahí los metió. Todavía me preguntó si también quería la aguja.

Y voy a poder artistear con ellos.

¿A ver si eso no es cooperación absoluta…?

 

Nota: el titulo no es mío, pero me encantó, gracias Ana María!

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