La serpiente

 

La serpiente

 

Hoy el parque, una mujer de cierta edad lloraba, sola.

Vestida como se visten ciertas mujeres de esa edad tan cierta, se le notaba que había sido medio hippie, y que ya no sabía ni que hacer con sus tatuajes y sus pulseras.

Zapatos rojos de suela despegada, calcetas negras con flores, mallón negro también, un tanto corto, se le alcanzaba a ver tantito la piel, floja y blancuzca.

Una playera extraña cubría a medias una faja ortopédica, un suéter otrora elegante lo envolvía todo, abotonado una vez, teniendo seis botones en total.

Paraguas rojo en mano, seguro uno publicitario, se le alcanzaban a  ver grandes letras blancas, y un morral viejito, deslavado.

Caminaba lentamente, tan lentamente.

 

Se le cayó el paraguas, se inclinó para recogerlos, cuidadosamente, respirando de a poquitos.

Un chavo que pasaba le echó una mirada, indiferente.

Y seguro por eso lloraba.

La indiferencia duele mucho más que el dolor.

Aunque suene estúpido, el dolor no duele, lo que duele es la espalda, es la nuca, es la cabeza.

Lo que el dolor sí hace, es aislar.

Y cuando está uno así de solo, llora. Y cuando llora uno así, anda uno solo. Y es como la serpiente que se muerde la cola, que sufre, que está sola y que llora.

Y entonces, ella lloraba, así como debe ser.

En un parque.

Sola.

Con su puto paraguas.

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