Quinto piso

Quinto piso

 

Hospital

Quinto piso

Faltan unas tres horas para que amanezca

Están despiertos los dos, acaba de pasar una enfermera

En el corredor se oye una voz desesperada, llama, llama al doctor, a la enfermera, a quien oiga

El gigante voltea hacia la vikinga, pregunta ¿Vamos?

Dudan

Los gritos siguen, un llanto desgarrador sube por las paredes, se infiltra bajo la puerta, invade el espacio, succiona el oxígeno

Vamos.

 

El corredor tiene poca luz, pero se alcanza a ver a una mujer, joven, delgada, de larga cabellera obscura, sentada en el piso. Intenta sostenerse de la pared,  fundirse en ella.

Con la mirada, la vikinga pregunta si puede acercarse. Tres pasos, se arrodilla y rodea a la mujer con sus brazos. Le acaricia el cabello, la arrulla, ya, ya, todo va a estar bien, todo va a estar bien.

Desde la puerta de su cuarto, el gigante, con bata de hospital, suero en mano, observa.

 

Los enfermeros siguen corriendo, se oyen gritos en el cuarto, mesurados, pero gritos.

 

La mujer habla, por ratos, es mi esposo, vomitó sangre, tiene que estar bien, no se lo pueden llevar, es mi esposo. Es cáncer, lleva dos meses, nada más dos meses, su mamá no sabe. No puede estar pasando esto, no es posible. No, no somos de aquí, vinimos de Mérida, sólo conocemos a unos amigos que nos acompañaron, no contestan el teléfono, no contestan, no contestan.

Le tiemblan las manos, la derecha está ensangrentada, le tiembla la voz, le tiembla el alma.

 

Íngrid, así se llama, se levanta, camina hacia el gigante, pide un abrazo. Los dos, uno sosteniendo a la otra, los dos, en ese corredor del quinto piso, los dos esperan.

 

Pasan los minutos, regresa Íngrid al piso, la vikinga también, el gigante sigue viendo lo que sólo él ve, colores y energías.

Y sale el doctor, como en las películas, pero esta vez es en serio, es joven, ha de ser de sus primeras veces y habla, con voz calmada, Lo siento, lleva veinte minutos, no podemos hacer más…

 

¿Cuándo fueron más desgarradores los gritos? ¿Hace media hora? ¿Cuándo todavía se podía hacer algo? ¿O ahora, que ha caído la sentencia?

 

Lloran las dos, Íngrid y la vikinga. Lloran una abrazando a la otra. Habla una, la otra escucha.

 

Por el corredor llegan tres hombres caminando. Son los amigos de Mérida. Alguien les avisó. Toman las cosas en mano, Íngrid ya no está sola.

 

El gigante se retira, la vikinga pregunta, otra vez con la mirada. Íngrid sólo alcanza a decir, no me deje sola por favor, necesito a una mujer conmigo. Sí, hablando de usted, cosa que la vikinga nunca hace, ella la tuteó desde el primer grito, desde el primer “vamos” del gigante.

 

Pasa el tiempo, lento, denso de tanto dolor. La mujer habla, por ratos. Ese anillo, el que lleva en el anular de la mano izquierda no es de compromiso, es regalo de Navidad, no estábamos casados, ¿entiende? La vikinga lo acaricia, brilla el solitario, las manos de la mujer son tan delgadas, puro hueso, siguen temblando. De vez en cuando Íngrid las levanta hacia el cielo, e implora.

Le pregunta a la vikinga, como si ella tuviera todas las respuestas, ¿Dónde está mi esposo? ¿Ya sabe qué pasó? ¿Cuándo se va a dar cuenta?

 

Íngrid se incorpora, pide hablar con el gigante, ¿Qué ves? ¿Ves a mi esposo?

Nada. No hay nada. La luz morada de hace rato desapareció, no queda más que vacío y dolor.

La vikinga inventa, dice que eso significa que estuvo aquí su esposo, que ahora todo está en calma. Habla de Mario, el chavo de luz, el hijo de Julia, quien dijo Celebren mi vida, no lloren mi muerte.

Y deja de hablar, vuelve a abrazar.

 

Y así, hasta que sale el sol, hasta que Íngrid puede pasar a ver a su esposo, hasta que la vikinga y el gigante se miran y regresan a su cuarto, siendo de nuevo lo que son en realidad

 Una mamá y su hijo

 

Gonzalo murió

Íngrid llora

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2 commentaires pour Quinto piso

  1. Marianna dit :

    Desgarrador relato. Parte de lo que se vive en los hospitales. Le ha tocado duro a la vikinga en cuanto a la salud de ella y su gigante. Abrazos.

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