Como dos kilos

Como dos kilos

Pues sí, una cirugía más en mi haber. No diré en qué número voy, nomás pa’que el texto se pueda leer cuando sea. Así quiero ser de atemporal. Y así soy de creída, como ésas que creen que las van a leer hasta más después de su muerte.

Así soy. No pienso cambiar. No que no pueda o que me satisfaga, es que me da hueva el esfuerzo.

Los que dicen que soy fuerte y que mi voluntad esto y aquello, y que la guerrera y que la vikinga no tienen idea. Me escondo para llorar y que no se me vea débil.

Ya sanada, salgo y doy rebien el gatazo.

Total, una cirugía más.

Y un chingo de mierda.

 

Día dos después de la acuchillada.

Todavía no hablo, ni me muevo mucho, ni camino.

Ganas de ir al baño.

No para hacer pipí claro que para eso está la bolsita conectada a mi uretra, un tubo emerge de mi sexo, cual tentáculo futurista.

No.

Para hacer popó.

 

El mareado y la enfermera. Que si el cómodo. Que si ni madres. Que si sí, porque sí.

Acostada no puedo. Llevo siglos sentándome para ir al baño.

Tons de cuclillas, sobre la cama. El suero conectado al brazo, la bolsita de pipí bailando por no sé dónde, la bata abierta en la espalda, y  el mareado y la enfermera nomás milando…

Pos como que se van saliendo ¿no?

La enfermera huye, será que el mote de vikinga ya le llegó a los oídos. El mareado se esconde en el baño, claro como él sí puede llegar.

 

Y empiezo.

Cuando estoy en el hospital, nomás no voy al baño. Se me tapan los intestinos, se me retuerce el ano  y sólo los laxantes más potentes me ayudan a expulsar una que otra pelotita. Mi cuerpo dice que no coopera, que ya está hasta la madre.

Tons, empiezo a pujar, que qué bueno que esta vez la herida es en el cuello, porque cuando es en la panza hasta da miedo reventar por aquello de que quién sabe el cirujano entró a clases el día de Costura pa’ principiantes, ¿verdad?

Y que suenan las fanfarrias.

No fue popó. No hice caca. No fue mierda tampoco.

Fue una pinche cagada, de ésas que no suceden más que una vez en la vida.

Fácil dos kilos, digo yo.

Seguro expulsé los hot-cakes de la cena del otro día, la cochinita del mes pasado y todo el pinche miedo que fingí no tener al entrar al quirófano.

Y claro, me dieron ganas de vomitar, si no fue de a gratis el esfuerzo.

Pobre mareado, con el bote de la basura bajo mi boca, frente  a mis cuclillas olorosas, tratando de no pisar la bolsita llena de orín.

Pobre mareado que en los hospitales acostumbra desmayarse.

Pobre mareado que la enfermera regañó por usar el bote en lugar del riñón de metal, ay señor…

 

No fue lo más penoso.

Eso fue cuando la enfermera me tuvo que limpiar las nalgas. Yo acostada en la cama, sin poder usar ni mis brazos ni mis manos que para eso fue la cirugía, y ella diciéndome, no se preocupe güerita, para eso estoy yo acá.

Seguro que para eso estudió años, seguro…

Y ni como pensar que era entrenamiento para cuando esté muy más viejita y que cualquiera me pueda venir a limpiar. Porque seguro no me habré puesto en cuclillas sobre mi cama tantito antes.

Preferí no pensar, sólo abandoné mi cuerpo un rato.

 

Ora sí, ¿lo más mejor de todo?

El mareado.

Sacudiendo una toalla del baño en la habitación que para cambiar aires.

Verde el hombre, abriendo la puerta que en los hospitales las ventanas no  abren, no se vayan a dar la fuga los pacientes, ¿verdad?

Pálido después, preguntando si estoy bien.

 

Y de pie conmigo, sin importar, o mejor dicho sobreponiéndose, a tanta mierda.

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