Cómo se busca a un desaparecido

 

 

 

IMG_6961Cómo se busca a un desaparecido

¿Sabes cómo se busca a una persona desaparecida, aquí en México? ¿Cuando la buscas tú, cuando ya viste que las autoridades no lo hacen?

Empiezas desde el último lugar en que fue vista, porque de algún lado hay que empezar. Miras, preguntas, lloras.

Luego te vas enterando por otros, que buscan también, que lo que hay que buscar son fosas clandestinas.

Te vas al cerro más cercano, otra vez porque por algún lado hay que empezar.

Y vas aprendiendo.

Usas casi siempre los mismos zapatos, zapatos que se vuelven tus compañeros, la misma bolsa, como si llevaras algún talismán, que es la bolsa que llevabas cuando comieron juntos la última vez, o el anillo, sí el anillo que le gustaba tocar, o lo que sea, lo que sea que sientas que te acerca a tu persona. Llevas agua. Un sombrero.

 Y un palo, onda bastón, largo, robusto. Es para ayudar a buscar, no a caminar.

¿Por qué?

Porque al caminar observas la tierra. Buscas tierra que se note que fue removida, ya sea por el montoncito, por la diferencia de color, por la diferencia de textura. Porque en ella crecen hierbas diferentes del matorral de al lado. Porque se ve que tal o cual piedra fue movida de su lugar. Aprendes muy rápido.

Ya en uno de esos lugares, usas tu palo. Lo hundes en esa tierra diferente. A veces se hunde muy rápido otras usas algo, una piedra pequeña que no se confunda con la que te dieron la pista y le pegas de a poquitos para que se hunda más lejos. Le calculas un metro, maso.

Y lo sacas. Lo hueles. Los cuerpos en descomposición huelen a no-tierra, a no-hierba, a no-vida.

Si huele a lo que imaginas, hay que escarbar. A veces nomás es una carroña. Otras son cuerpos, enterrados por carroñas.

Si el palo no huele a nada, te fías a como se hundió. Porque a los dos años, los cuerpos en descomposición ya no huelen tan fuerte. Si fue fácil, o si encontraste resistencia, qué clase de resistencia también, tierra vieja o hueso atravesado.

Aprendes muy rápido.

Y así vas, de cerro en cerro, de cueva en cueva, apartando hierbas, tomando agua, mirándote los zapatos y llorando menos cada día. Te vas encabronando más y más.

Porque hay cuerpos por todos lados, parece el nuevo Texas de los pozos de petróleo nomás que son de puro cadáver, de huesos, de ropa rasgada, de mochilas podridas. Y ninguno es  tuyo, tu persona no está por ningún lado.

Por las noches, llegas a alguna casa, si tienes suerte a la tuya. No contestas preguntas. No puedes. No ves a nadie a los ojos, no puedes.

Y ahí oyes o te dicen o lees las noticias.

Y oyes que el cementerio de quién sabe dónde encontraron una fosa clandestina y que no se ponen de acuerdo para decir cuánto muerto hay. Que el  día en iban a sacarlos, el representante del gobierno se tardó seis horas en llegar, que nomás se sacó la foto y se fue. Que primero escarbaron donde no era. Que no hay pa’ cuando saber des los análisis de ADN y esas ondas.

Tons, volteas y oyes o te dicen o sabes que el presidente de México dice que los mexicanos estamos de mal humor por culpa de las redes sociales.

No respiras ya. Pareces muerto, pero muerto encabronado, de los que se vuelven a poner de pie todos los días, se ponen los zapatos y agarran su palo.

¿Qué, piensan que vamos a seguir buscando sin decir nada? ¿Nomás llorando? ¿Nomás de mal humor?

Pinches cabrones, pinches cabrones.

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