Cerrar los ojos

soledad

 

Cerrar los ojos

 

Cuando se tiene mucho placer, se cierran los ojos.

¿Para saborear? ¿Para esconderse? ¿Para aislarse?

Y cuando pasa el momento, cuando el placer se deslava, se guarda el recuerdo, no hay más que una prisa,  empezar de nuevo.

Cuando se tiene mucho dolor, también se cierran los ojos.

¿Para soportar? ¿Para escapar? ¿Para aislarse?

Y cuando pasa el momento, cuando el dolor se deslava, se guarda el recuerdo, no hay más que una prisa, empezar de nuevo a vivir.

 

Estos últimos meses, he tenido la oportunidad de oír varias voces. Algunas las escuché.

A la que decía, que, por fin, entendía, le sonreí: esa voz no tiene idea de lo que es un dolor que no termina nunca, que regresa sin cesar a lo largo de los años. Esa voz, no sintió dolor más que unas semanas. Esa voz, tan entusiasta en su súbita comprensión, no tuvo más que seguir un tratamiento para olvidarse del dolor.

Está la que dijo que, por fin, me creía. A ella no le sonreí: que se chingue, no se lo merece. No quiero saber si ya sanó, si le dieron tratamiento, o si sigue sufriendo.

Y luego la que sentenció, señora, no necesita inventar un dolor para que le hagan caso. A ella le sonreí, andaba medio pendeja yo, atorrada en un consultorio, frente a un doctor, que, después de todo, me estaba insultando. No los volví a ver, ni a él, ni a su voz.

Y también, la que tan seguido dice que la situación no es normal, que hay que hacer algo. A esa voz, no le he dicho que yo abandoné el asunto desde hace mucho. Que hago lo que soy capaz de hacer y que los resultados que no le gustan pues tampoco me gustan a mí, mea culpa.

Está la que ha sentido dolor desde tanto tiempo, desde su adolescencia, la que endereza todavía la cabeza y sigue, un pinche día a la vez. La que ve por su familia, por los demás, por ella et todavía se la arregla para ayudarme, a mí.

Y las lejanas, cuyo sonido desconozco, que se preocupan y preguntan, sin segundas intenciones, cómo van las cosas por acá. Su presencia es solidaria y entendida.

La que calla, le duele demasiado, ya no puede decir nada.

Las que aceptan, que ya entendieron que así es la vida, y que no se puede hacer nada. Que hasta preguntar es inútil.  Que leen sobre mi rostro la calidad del silencio que se debe guardar.

 

Esas voces, las últimas, las escucho porque saben.

Saben lo que es el dolor sin fin, sin remedio, sin esperanza.

A menudo, cierran los ojos.

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