La marcha del domingo

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La marcha del domingo

El domingo fui a la marcha.

Hacía tiempo, un mes exacto claro.

Lo bueno es que tuvimos tiempo de ir a comer antes. Nos fuimos a la fondita de la calle de Río Lerma y nos echamos un caldito de gallina muy rico. Lo mejor fueron las tortillas, hechas a mano y la salsa verde  picosita, con su cilantro bien fresco. Estaba lleno el lugar, hasta había una mesa de güeritos, bien puestos echándose sus quesadillas. El hijo de los dueños jugaba allí en la calle, y muy tranquilos sus papás, como si no hubiera un buen de gente en Reforma lista para manifestar. 

Nada más terminamos de comer, nos levantamos y salimos a lo de la marcha. Nos esperaban los compañeros, ya listos, muy ordenados como siempre. Llevaban un rato, con eso de que hubo confusión sobre la hora. Unos decían que la marcha empezaba a las dos, otros que a las cuatro. Entonces mejor llegamos tempranito, desde la una, no fuera a ser que nos ganaran y se fueran sin nosotros.

Hacía calor, no les voy a mentir, mucho calor. El sol nos daba en la espalda y la nuca me empezó a picar, por el sudor. Pero no había ni dónde ponerse, la sombra quedó del otro lado de Reforma, ahí, entre los árboles. Nosotros veníamos por la avenida, en medio de todo y en medio de la nada, caminando con cuidado, fijándonos en todo.

Con los manifestantes venían unos chavos como disfrazados, de papel hicieron unas faldas, y en cada hoja venían las fotos de uno de los desaparecidos. Y el chavo de en medio, sí chavo aunque fuera con falda, traía las manos pintadas de rojo, simulando sangre. Me dio risa porque la sangre no es de ese rojo, pero no le podía decir nada ¿verdad? Y luego una mujer cargando un cuadro, montada sobre zancos. Me dio una hueva que no saben, ahí trepada.

Y ahí nos fuimos, tranquilos. Se oían los gritos, que si 1, 2, 3 hasta el 43, o que sí los queremos vivos, lo de siempre, lo normal. Llegamos a la Alameda como a las seis y allí hubo discursos.

La verdad que a mí me dan tristeza esos padres ahí montados. Ni que les fueran a hacer caso. Por más que digan que están encabronados, ya nadie los pela. Si en esta marcha conté como mil personas, bien poquitas. Lo bueno es que no hubo desmanes, ni necesidad de golpear  a nadie o de arrestarlos. No se crean, luego se pone fea la cosa.

Ya cuando se dispersó la gente, pensé que nos iban a liberar pero se tardaron. Tuvimos que regresar a los camiones a pasar lista y a entregar el equipo luego, empezando por los escudos. Pero llegué temprano a mi casa, eso fue bueno.

Sí, me perdí del partido pero cuando uno trabaja no se puede todo ¿verdad?

 

 

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