Gastar

 

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Gastar

A ella le gustaba gastar.

Sí, a veces lo hacía con mala conciencia, sobre todo cuando sacaba la tarjeta, un poco con remordimientos, un poco con una especie de angustia. Total para eso estaba el muy maldito pedacito de plástico ¿no? Para pagar lo urgente, ¿no?

Lo más difícil de vencer era la mirada de su esposo, su breve comentario, siempre el mismo: “¿Cómo? ¿Cuánto? ¿Otra vez?”  Ella volteaba la cara, no quería, no debía verlo. Se le nublaba el pensamiento, intentaba explicar que no lo hacía a propósito, que aquello la vencía siempre, que si hubiera podido escoger, habría evitado el gasto, pero no encontraba palabras para justificar lo injustificable.

La vez del mes de marzo se había llevado efectivo. Sí, porque los billetes son más difíciles de rastrear, una se puede hacer la loca. Y hacerse la loca es fácil cuando de todas maneras todos están convencidos de que una lo está. Habían sido dos cuentas diferentes, de dos establecimientos vecinos y ella había sorteado perfectamente las preguntas incisivas de su marido. Porque una cosa es  que a una la crean loca, y otra es estarlo realmente… y más cuando se trata de gastar.

Luego, en abril, había tenido que usar la chequera. Ésa la manejaba muy bien. Escribía, con su letra diminuta, la cantidad exacta, y en las columnas indicadas,  la fecha y el total de lo que se suponía quedaba en el banco. Se suponía porque claro, el total del banco nunca cuadraba con el de la chequera, y entonces su marido la volvía a mirar.  Ese marido  suyo era hábil.  Hablaba poco pero tenía una mirada idónea para cada ocasión, para cada gasto, para cada cuenta errada. Y la mirada de la chequera era peor que la del efectivo, claro, porque para el efectivo nunca se enteraba de las cantidades exactas.

Pero para mayo, el cuento era otro, porque había tenido que usar la tarjeta. Y para ésa la cuenta llegaría a casa. Y el marido, el suyo, era quien abría el correo del banco. Vería entonces  la cantidad, la fecha y el lugar. Y la mirada del día sería la de la tarjeta. Y las palabras “¿Cómo? ¿Cuánto? ¿Otra vez?”  serían el principio de la misma conversación de siempre.

Y ella usaría el mismo argumento de siempre. No se le ocurría otro. Y lloraría un poco.

Porque a ella le habría gustado gastar en otras cosas. En libros por ejemplo. O en viajes. O en zapatos.

Pero las medicinas salen caras. Y las resonancias. Y las tomografías.

 

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