Todos mis nombres

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Yo fui un cachorro feliz.

Todavía recuerdo la primera vez que metí mis patas al agua. La humana con quien vivíamos había lavado el patio con mucha agua y jabón, y lo acababa de enjuagar. Nos sacó de la canasta en la que estábamos y nos dejó donde daba el sol, con mi madre, para que  nos brillara el pelo decía.  Éramos chicos, recuerdo que mi hermana acababa de abrir los ojos. El agua estaba tibia y no había mucha, ya se estaba evaporando, pero fue una sensación deliciosa.  Mi madre nos lamió todo el tiempo, a los cinco, imagino que el olor que estábamos tomando, a  jabón de humano y a agua con cloro, no le gustaba.

A partir de ese día, la humana nos dejó salir de la canasta cuando queríamos. Decía que nos teníamos que acostumbrar. Mi madre suspiraba y nos decía que no era acostumbrarse, que era prepararse. Nos miraba con tristeza y cansancio. Seguía lamiéndonos como siempre pero había dejado de amamantarnos, comíamos todos en platitos de plástico pan remojado en leche y croquetas tiernas. Nosotros jugábamos, crecíamos sin darnos cuenta de que los humanos hablaban de nosotros de otra manera. Ya no éramos “los cachorros”, éramos el Negro, la Blanca, el Patudo, el Peludito y el Manchas.

Un día, un día terrible, se acabó mi inocencia, entendí la mirada triste de mi madre, entendí por qué me habían dado nombre sin dármelo  realmente y por qué nos sacaban al sol para que nos viéramos más bonitos. A la casa de mi humana llegó un humano adulto y se llevó, así, sin preguntarle a mi madre, sin permiso, sin una caricia, sin un lo siento, al Negro. Se lo llevó, y no lo volvimos a ver jamás. Mi madre no dijo nada, gruñó, un poco. Estaba cansada… Entendí, o creí entender, por qué nos había dicho que nos debíamos de acostumbrar a nada sino prepararnos. Los humanos nos iban a separar.

 

Y así sucedió. Yo fui el último en irme. Imagino que nadie quería un Patudo. No sé. No me pude despedir de mi madre, ni de mis hermanos cuando se los llevaron. Por más que estuviéramos preparados, siempre nos tomaba por sorpresa la decisión, de repente una enorme mano sobrevolaba nuestra canasta y tomaba uno de nosotros. Los gruñidos de nuestra madre se perdían entre las risas de los humanos, la alegría de algún niño a veces. Lloré, cuanto lloré, aun cuando la niña que me abrazó me cubría de besos. Ella me quería no cabe duda, pero me quitaron a mi madre, a mis hermanos,  mi canasta,  mis olores. Cuanto lloré ese día, y esa noche, y los días siguientes.

Los humanos piensan que no tenemos memoria. Creen que si lloramos es por frío o hambre y nos cobijan y nos dan agua. Lloré noches y noches por mi madre, por mis recuerdos. Cuánto dolor se llega a sentir, cuánta soledad.

 

Claro que en esa casa fui feliz, seguía siendo un cachorro y los cachorros son tiernos. La niña que era mi humana que quería mucho, me puso otro nombre, un nombre que esta vez sí era mío: Chucho. Dormía en su recámara, tenía un cojín  hermoso, un platito para comer, otro para beber y aprendí a no orinarme en cualquier lado, sólo en el periódico. Íbamos juntos a todos lados, ella me cargaba y yo le lamía la cara, entusiasmado. Sólo por las noches, a veces, lloraba un poco, sin que me vieran, sin que me oyeran. Mi madre me había enseñado que los perros deben de ser agradecidos y mover la cola cuando ven a sus humanos, si no… Nunca me llegó a decir qué pasaba si no hacía uno todo eso de saltar cuando llega el humano y lo de mover la cola y de obedecer pero yo ya conocía una faceta de los humanos que era terrible y no quería que me separaran de… pues no sabía de quién pero no quería sufrir otra vez, entonces movía la cola y hacía todo muy bien, sí, muy bien. Sólo mordía alguna que otra pantufla de vez en cuando, o un cepillo  que se cayó una vez al piso. Fuera de eso, era un perro modelo. De hecho, en mi mente perruna, llegué a pensar que mi madre se debía de haber portado muy mal y que por eso la habían castigado quitándole a sus hijos. Sí, seguramente por eso nos habían alejado de ella, no podía ser por otra razón.

Me acostumbré a esa nueva vida. Lloraba menos y con menos sentimiento. Como dicen los humanos, el tiempo lo cura todo. Empecé a sentirme en casa y a vivir sin miedo. Tal vez por eso no me di cuenta de lo que pasaba. Mi niña me seguía abrazando como siempre, ella no tuvo nada que ver con lo que pasó, no todos los humanos son iguales, no. Pero el humano mayor me cambió el nombre poco a poco, de manera insidiosa. Ya no era Chucho, me volví Quítate de ahí. Era un nombre un poco largo y al principio no pensé que fuera para mí, pensé que seguíamos conversando, inclusive movía la cola.  Después de un tiempo, la humana me empezó a llamar igual, todo era “Quítate de ahí, Quítate de ahí”. Y llegó la noche, porque siempre llega ¿verdad?  llegó la noche en que entraron al cuarto en el cual dormía mi niña y me ataron una cuerda al cuello. Yo me dejé, vamos ni siquiera gruñí, después de todo eran mis humanos, los que me daban de comer, los que me habían escogido aquel día en la casa de mi primer humana. Salimos a la calle, ellos jalando sin fuerza de la cuerda, yo  siguiéndolos, intrigado, pero sin miedo y el humano me subió a su coche. Nunca nos habíamos ido de paseo de noche, bueno nunca me había ido de paseo sólo con el humano mayor, pero me senté muy derechito en el asiento de atrás, como se me había enseñado, y esperé a que llegáramos al destino escogido.

El viaje fue eterno.

Y la estancia más.

No pensé que los humanos, o los perros, o los gatos, que nadie, que ningún ser fuera capaz de tal bajeza. Mi humano me hizo bajar del coche en una calle desconocida y con la cuerda que aún estaba amarrada a mi cuello me amarró a un poste.  Y sin una mirada, sin un adiós, una explicación, nada, se subió a su coche y se fue. Me dejó.

 

Primero no entendí. Tenía que esperar ¿verdad? Esperaría entonces. Y lo hice. Esperé toda la noche. Y toda  la mañana. Pasaba gente. Me miraba. Pero nadie se acercó. No sé si me tenían miedo. O si no sabían qué hacer. O si no sabían mi nombre. Unos niños me aventaron piedras. Sólo una me dio, en la pata. Pasó la tarde. Y esperé, cuánto esperé. Llegó la noche. Y seguí esperando.

 Por la mañana, un humano se me acercó y me habló, preguntándome qué hacía allí. Claro que gruñí. Él no era mi humano, no podía hablar con él, no debía hablar con él. Si mi humano regresaba en ese momento y me veía hablando con otro se enojaría, tal vez se iría de nuevo, tal vez no regresaría nunca, tenía que esperar. El humano se fue, pero regresó con un poco de agua y me sonrió. Me llamó Perro. Y me tendió un poco de pan. Tenía ganas de morderlo. No sé por qué. Tal vez la espera me había vuelto malo. ¿O tal vez era yo un perro malo y por eso me estaban castigando mis humanos? ¡Sí, esa era la respuesta, claro! Si me portaba bien, si esperaba pacientemente, seguramente vendrían por mí.

 

Esperé muchos días. El humano del primer día no regresó. Eso me confirmaba que mis humanos me habían abandonado para siempre. De la misma manera que mi madre, yo estaba siendo castigado. Por las tardes, los niños tenían ya por costumbre venir a tirarme piedras, y a insultarme. También ellos me decían Perro. Si ellos sabían mi nombre, es que este era mi destino. “¡Perro, Perro, gritaban, a que no me alcanzas!” Algunas personas a veces me tiraban comida pero nadie se me acercaba. Yo gruñía y ladraba, cada día más flaco. Estaba enojado y  triste a la vez.

Una tarde, llegaron los niños con un par de muchachos más grandes. Venían armados con piedras, palos y con un cuchillo. Uno de ellos me aventó una piedra que me dio otra vez en la pata. No pude más que chillar, me había dolido. Pero me lo tenía bien merecido, mis humanos me habían castigado y esto no era más que una consecuencia directa del castigo. Envalentonados, los muchachos se acercaron y me empezaron a pegar. Uno de ellos cortó la cuerda con el cuchillo y me empezaron a arrastrar por la calle, gritando y riendo mientras yo… yo no me defendía, había perdió todas ganas de vivir. Me dejaron por muerto en un terreno baldío cerca de una tienda de abarrotes.

Y así fue como cambié de nombre otra vez.

 

Desperté sobre una cama de metal, fría, larga y dura. No me podía mover. Unas manos firmes, frías también pero suaves recorrían mi cuerpo. Y una voz, una voz humana decía: “A ver Campeón, déjame checarte, no me digas que sobreviviste a todo esto para dejarte morir acá, tan cerca de lo bueno.” Y me hundí en algo así como un sueño, muy profundo.

Cuando desperté, estaba en una jaula, muy estrecha. No me podía mover, todo me dolía. De mi pata salían tubos. Gruñí, o intenté gruñir y enseguida la misma voz me dijo:

-“Hola Campeón, ¿cómo te sientes?  A ver, ven hermoso, déjame verte los ojos, eso, ven, acá, déjame, tocarte. Vamos bien. Vamos bien.”

Todo lo demás es como un sueño, dormía, despertaba, comía, y me volvía a dormir. Lo único diferente fue cuando desperté en una jaula más grande. Había en ese casa más perros, todos se llamaban Campeón como yo, o Campeona claro, nada imaginativos los humanos del lugar. Todos tenían marcas de haber sufrido, a todos les faltaba un ojo, o una pata, o tenían heridas en el cuerpo. Los que no, se notaba que habían sido lastimados de alguna manera. Había jóvenes y no tan jóvenes, sobre todo animales viejos. Muchos perros, algunos gatos, una que otra iguana, extrañamente y dos ardillas. Había varios humanos y noté que dos días a la semana llegaban más, no eran parte del equipo habitual, eran más entusiastas.

 Al humano del primer día lo veía de vez en cuando, él me revisaba las heridas. Luego estaba el que me daba de comer, el que limpiaba la jaula. Ninguno me gritaba, ninguno me lanzaba piedras. Pero ninguno me abrazaba tampoco como mi niña. Sí, sí me daban cariño, pero era el mismo cariño para todos los campeones y todas las campeonas. Un día, cuando menos me lo esperaba, me durmieron de nuevo, y al despertar sentí dolor entre las patas de atrás. Nunca supe qué me había pasado. Fue sólo una vez. En cambio, me sacaron varias veces para picarme con una jeringa que yo veía monstruosa. Nunca supe qué había hecho  mal, el castigo sólo seguía y seguía. A veces me sacaban al jardín, así sin avisar. Yo no sabía nunca si me sacaban para picarme o para pasear, el tono de voz siempre era el mismo, amable.

Sentí que se me pedía confiar pero era algo imposible. Los humanos son animales de doble cara. Un día te llaman Chucho y al otro te dicen Quítate de ahí. Un día te dejan jugar con el agua y al otro te separan de tu madre. Un día te traen comida y al otro no se aparecen. No. Estaba bien jugar su juego y tratar de no gruñir demasiado a la hora de las curaciones pero confiar, no. Nunca más.

Hasta que llegaron ellos.

 

Ellos son mi familia de humanos.

Llevo años viviendo con ellos. Tengo otro nombre, el que me dieron y no me han quitado nunca. Sí, ahorita que les estoy contando mi historia lloro. Pero son lágrimas de felicidad. Lloro cuando hablo de ellos. Ahora me llamo Ash. Sí ya sé, estos humanos y sus nombres… 

Llegaron un día al albergue. Buscaban un amigo. No un perro, un amigo. Y me escogieron. No entendí por qué. No soy especialmente guapo. Gruño. Me orino donde se me pega la gana, porque los humanos me traen harto. Les ladro a los gatos y ellos tienen dos y parece  que no les importa, bueno ni los gatos me hacen caso. Vomité cuando me quisieron sacar a pasear – ustedes y yo sabemos porque le tengo pavor a la calle-  entonces no me sacan de la casa, así son de comprensivos. Me como las croquetas de los gatos y dejo las mías. Tiro los cojines de la sala para dormir sobre ellos. Se me hace nudos el pelo de las patas, porque tengo las patas peludas, sí señor, y tampoco se enojan por eso. De hecho, tal vez sean más pacientes que yo. Pero no hemos vivido lo mismo.

 Sé que me tardé mucho tiempo en confiar en estos humanos. Lo que había vivido no era fácil de superar. Pero me fueron ganando, demostraron que eran de fiar, que no me iban a defraudar. Cuando me dejan solo en la casa, es porque no pueden quedarse conmigo, me lo han explicado, en su lenguaje extraño, ése que creen que yo no entiendo. Cuando me castigan, por los cojines, o la orina,  es por un tiempo corto y sin gritos.  Uno de ellos me ayuda a subir las escaleras cuando me canso, otro me sirve de comer y otro me acaricia siempre.

Entonces  muevo la cola cuando los oigo, porque me da gusto verlos.

Y salto sobre sus piernas cuando llegan, porque los extrañé.

Y hay un humano que juega pelota conmigo. O yo juego con él, no está muy claro el asunto.

Y hay una humana que me dice “No te orines ahí”. A ella a veces le gruño. Pero es con cariño.

Y hay una niña que ya creció que me abraza. Y yo le lamo la punta de la nariz.

 Y hay  un muchacho que me carga y que me rasca detrás de  las orejas. Y yo lo miro a los ojos.

Y hay otro muchacho  que siempre me anda bañando. Y entonces recuerdo mis patitas en el agua.

Y ésa es mi familia de humanos

La que me puso mi último nombre…

 

Dedicado al refugio de Peludos Nice, y a todos los rescatistas que aman a los animales y claro a nuestro perro Ash

Escrito por Gwenn-Aëlle, a petición de Ana Laura Escalante

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