En la cocina

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En la cocina

Hace años, muchos, mi hija regresó muy triste de la escuela. En clase de deportes, el maestro  había establecido que los niños jugarían futbol y las niñas no. No recuerdo que iban a hacer las niñas, si bailar jarabe tapatío o jugar matatenas, pero el caso es que futbolistas no iban a ser.

Mi hija, obvio, quería jugar futbol. Y obvio, su madre feminista y ocurrente le sugirió que decirle al profe en cuestión:

“Maestro, dice mi mamá que el balón de fut se patea con los pies, no con el pene.”

Claro que al mes, acompañamos a nuestra enana a su primer partido de futbol.

 

Igual este chavo, el de las carreras automovilísticas es pariente de aquel maestro…O se criaron juntos… O leyeron las mismas revistas mientras esperaban en la peluquería, no sé… Pero eso de mandar a su contrincante en la carrera de Silverstone a la cocina  porque es mujer, me recuerda mucho el rollo de que si patea el balón con los pies o con el pene.

Pobre niño.

 

No necesito establecer, verdad, que si la mujer en cuestión, Susie Wolf, está en esa carrera es que sí maneja…Tampoco usaré palabras como sexo débil o fuerte, que no ando de humor erótico. Y no, no hablaré de lugares preestablecidos en la sociedad, de hombres trabajando fuera de casa ni de mujeres trabajando dentro… De dinero ganado, de obligaciones sociales, de estereotipos… O de perder frente a una mujer, lo que sea, la carrera, el puesto, la honra.

 Ni necesito hacerles un dibujito para que reconozcan en el volante de cualquier coche unas manos, no un apéndice masculino.

 

Creo que lo que le hace falta saber a este chavo es lo que se hace en una cocina.

Sí, se hace la comida… La cebolla se rebana con filosos cuchillos, el chile se asa a fuego vivo, la carne  se golpea con un mazo de metal para ablandarlo y a los peces se les saca las entrañas de un jalón.

Digo por si pensaba que los entes que habitan las cocinas son débiles o desarmados.

Luego… Los platos se lavan con agua hirviendo, las manos enrojecen de tanto vapor, las ollas se tallan con fibra de metal y se les echa sosa, sangran las manos de tanto ardor.

Por si pensaba que los guantes de hule son de adorno.

Claro, no falta la cubeta llena de agua y de cloro, del que pica los ojos, y el trapeador, pasado y vuelto a pasar sobre las losas, no se vaya  resbalar señorito…

Por si creía que el piso está resbaloso por sucio.

 

Y de esas mismas cocinas de donde sale la comida del cuerpo, la que nutre a la familia y a los amigos, sale la comida del alma, con los frijolitos de la olla, los que se limpian desde el día anterior y se ponen a remojar toda la noche, sale la salsa pa´los tacos, las de molcajete y de sudor, sale la carne que se hizo con la receta de la abuela, de la tía, de la vecina. En su alacena, la de la izquierda, están los libros de recetas de la bisabuela, con su letra, y sus manchas. En la de la derecha, entre el azúcar y el café, está la olla del atole, la chiquita de peltre. El delantal que trae hoy la señora de la casa lo hizo señora del primer puesto del marcado, ¿sí la ubican verdad?

 

A esa cocina se mete toda la familia cuando  hay comida para el abuelo, ahí platican todos, entran y salen los niños, más fuertes al salir claro, porque llevan con ellos la sonrisa del tío, la mirada de la prima, el olor del amor…

 

Una casa sin cocina es un cuerpo sin alma, un coche sin motor.

 

Pobre chico el Checo que se cree que en la cocina no pasa nada…

 

 

 

 

 

 

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