Argolla de matrimonio

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Hoy por la mañana vi una foto de ti,  sabes, ésa en la que sonríes.

Y no vi ni tu cabello, ni tu sonrisa, ni siquiera tus ojos.

Sólo vi tu mano y tu argolla de matrimonio.

Y no entendí… Pensé que ya no estaban juntos, que la vida, la suya de hecho, había barrido con todo.

Todo el día esa argolla tan hermosa brilló en mi mente, al lado de otra, una cosita de nada, viejita y torcida que llevaba una amiga después de cincuenta años de matrimonio et de la partida de él, con otra mujer más joven o más bella o sólo más mejor que ella… Ese pedacito de metal era todo para ella, símbolo del pasado, de los tiempos felices, en los que ella militaba con él, y en  que sus miradas brillaban del mismo fuego.

Ella era diminuta, flaquita pero todavía se reía a carcajadas con nosotros, menos cuando hablaba de él.

A veces sucede que la alianza propuesta al principio, en el fuego de la sangre, y del deseo que late en nosotros cae así, sola, en desuso… Ya no se menciona, ni siquiera se extraña. Apenas si se pregunta uno que fue lo que nos llevó tan lejos con otro. Pero ella no se preguntaba nada, todos los días lo esperaba. Él la venía a ver, no sé bien por qué o para qué. Tal vez extrañaba esa admiración muda que ella le tenía, o tal vez sólo lo llevaba la costumbre por las mismas calles, hasta la misma puerta cuya llave él había conservado…

Miro mi argolla de matrimonio, con una mirada diferente. Él y yo los intercambiamos solos, sin testigos: una historia de dos. A veces le ha costado trabajo quedarse en mi dedo, pero aguanta… y yo…y él…también.

Todavía no está tan torcida como la que regresó hoy a mi memoria al ver la tuya.

Y si me obligo un poco logro ver las de otro hombre que llevaba una en cada mano por tener dos mujeres. Entiendo lo que hacía pero sigo sin aceptarlo.

Una de mis amigas también tenía dos, pero por coquetería: una de oro blanco, la otra de oro amarillo, sólo para combinar con sus collares… Con eso de que color oro y color plata no se llevan…. Me pregunto si su esposo se las puso las dos en mismo tiempo o si le prometió miles de cosas a cada vez… O si la segunda tenía su historia aparte.

Una argolla no es un anillo, no es un adorno: es un lazo, un te quiero, un “más que yo, más que tú”.

Tantas argollas bailan ante mis ojos, si diferentes las unas de las otras, tan cargadas de amor y de pena: a menudo risas y lágrimas las han deslustrado…

Pedacito de no sé qué al que le damos vueltas y vueltas sobre nuestro dedo cuando buscamos una respuesta, que nos quitamos o no en la noche para dormir… Pedacito de nada que representa algo tan grande… Pedacito de vida que dura a veces 50 años y más… Pedacito del uno y del otro…

Pedacito de metal que hay que retirar, pienso, cuando las vidas de los dos han tomado caminos separados…

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