En homenaje a Aranza

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31 de diciembre del 2011

Desgracia

Desconsuelo, tristeza, huérfana, viudo, pesadumbre,

Desgracia, angustia, viuda, divorcio, tragedia,

Huérfano, solitario, solo, soledad,

Perdida, pena, desgarre, drama,

Desastre, calamidad, desgracia, desgracia, desgracia

Lamentos. Llanto. Sollozos. Silencio.

 

Las palabras que usamos para hablar de desgracia parecen surgir por todos lados y de ninguna parte.

La lista parece ser infinita.

Y sin embargo…

Y sin embargo hay una que no he podido encontrar, ni siquiera inventar…

Hay una circunstancia tan terrible, tan sofocante, tan enorme en su simplicidad que no ha encontrado nombre.

Cuando son tus hijos los que se mueren… No hay nombre para ti.

 

12 de enero del 2012

Infiernos

Hay de infiernos a infiernos y los personales siempre nos son más espantosos que los del vecino.

Por más que procuremos pensar en el otro, en el prójimo, el amigo o hermano, tenemos tendencia a creer que nuestro dolor es más hondo, que nuestra pena más profunda, y nuestro muerto más muerto. Sabemos que aunque, por una hora o un día, nos compadezcamos del sufrimiento ajeno, inclusive suframos con ellos, regresaremos a nuestras propias pulgas, a nuestras propias heridas, y a nuestra propia sangre

Porque así es la vida, así somos, y así sobrevivimos…

No todos somos Teresa, ni vivimos en Calcuta…

 

 

 Pero a  veces, cuando el ocio, la empatía o el amor profundo nos obliga a voltear, el infierno ajeno es tan insoportable que nace en nosotros el deseo insuperable de cargar con él y de curarlo todo, de ser milagrosos y de sanar al mundo, a los enfermos y a los niños.

De borrar el sufrimiento y el miedo. De ser una presencia luminosa, como de película, en tecnicolor, y de llegar, y sólo con una mirada, de las de poster, poder curar, sanar, resucitar…

Tomar a cada ser en los brazos, mecerlo, arrullarlo y sanarlo por completo, sonreírle, y sanarlo…

Porque la vida también es así, porque también  somos así, porque así sobrevivimos…

 

Por eso cuando me da tiempo pensar en mi infierno y en el ajeno, doy  gracias… Esperando no regresar demasiado rápido a mis propias pulgas, a mis propios dolores, a mí propia sangre…

 

 

 

4 de febrero del 2012

Apuesta por la vida

Principios de siglo: la nena habla, sonríe, camina, corre. Ya come sola, juega con su hermana mayor, sonríe. Empieza a vivir, le gusta y sonríe.

2009, 10, 11: la nena va a la escuela, es campeona de gimnasia artística. Corre cuando ve a alguien que quiere, y salta a sus brazos. Es menudita, de cabello liso, negro y brillante. Colecciona medallas, flores y sonrisas.

Noviembre 2011: la nena se queja, está cansada, más menudita que antes. Dice que le duele la rodilla. Ya no va al gimnasio. Y sonríe.

Enero 2012: los papás de la nena están preocupados. Radiografías. Y luego más exámenes, tomografías, resonancias, análisis de sangre, doctores, enfermeras, hospitales. Lágrimas: a la nena no le gusta que le saquen sangre. Lo demás no importa,  pero que no le saquen más sangre. A la escuela, al gimnasio, no ha regresado. Aun así, sonríe.

Finales de enero 2012: la nena lleva 4 quimios. Usa muletas. Su cabello, negro, liso, brilloso, se le cayó; en tres-cuatro días, se le cayó. Aun así, sonríe.

31 de enero del 2012: la mamá de la nena le cortó lo que le quedaba de cabello;  hizo una trencita que van a cuidar mucho, mientras le vuelve a crecer. El papá de la nena se rapó la cabeza. No se ve tan lindo como su hija, pero los dos, sonríen.

1ero de febrero del 2012: la familia se rapó la cabeza; la nena sabe que no está sola; este gesto, aunque puramente simbólico, es el mismo que tenía ella cuando saltaba a los brazos de quienes quiere, de quienes la quieren.

¿La nena? Sonríe. ¿Los pelones? Sonríen, porque esta apuesta por la vida, es la apuesta más bella que jamás han hecho.

 

Verde.

Las sillas son verdes, de ese mismito verde que el de las hojas del árbol, aquel grandote. Un verde oscuro, lleno de savia, venas gruesas y fuertes, verdes también, y rojas, y azuladas.

 

Verde.

Las cobijas son verdes, de ese mismo verde que el del árbol, el de la savia.

 

Verde.

Los suéteres de las enfermeras son verdes, de ese mismo verde que acarrea vida por las ramas del árbol.

Es un árbol descomunal, de hojas grandes, y gruesas, casi como de plástico. Su tronco es ancho, venoso, arrugado, y su sombra ha de cubrir todo el patio cuando es de día.

 

Llegan todos de madrugada, todavía se ven estrellas, el árbol no puede proveer ninguna sombra, pero está despierto, vivo y presente.

Se van acomodando en las famosas sillas verdes, conforme van llegando. Todos con la cara amodorrada todavía, con cara de sueño interrumpido, de estómago vacío, y muchos… de angustia.

 

Verde.

La luz es verde, no prenden lámparas, esperan la luz de día, no hay para lujos.

De momento la gente murmura, como para no despertar  a los dormidos, aunque la enorme ciudad ruja alrededor de ellos.

Una voz interrumpe las conversaciones, empieza el turno de la mañana, se ven enfermeras, de blanco y verde, policías, de negro, un negro obscuro, severo, pero de alguna manera fuerte, paternal, casi acogedor. No están para prohibir, están para orientar, cuidar, proteger. Pasa un doctor, luego otro. Llega una enfermera, corriendo, ella siempre llega corriendo.

Y empieza el desfile.

 

 

Verde.

El sello del IMSS sobre las sábanas es verde, como las sillas, las cobijas, los uniformes, el árbol.

Los que van a donar plaquetas o glóbulos rojos pasan antes, es más tiempo, las máquinas se tardan. Siguen los que donan sangre. Se llenan formatos, se prestan plumas, se revisan venas…

 

 

Empieza la espera, pero diferente. Los que se quedaron afuera sólo son acompañantes, traen libros, revistas, tejido, o nada. Se ve desde un libro sobre el trabajo en equipo, hasta una revista de Historia de México, el chavo que saca su celular, y la chava que  se muerde las uñas.

 

Los que están afuera, los que sólo acompañan, tratan de no pensar, o de pensar positivo. Esta donación seguro le salva la vida, le permite esperar el trasplante, le sube las defensas, le ayuda, le ayuda, le ayuda…

Pasa el tiempo, aparecen vasos de unicel llenos de café hirviendo, la torta de tamal, el chocolate, cualquier cosa que permita pasar el tiempo sin pensar. Empiezan las confidencias, las historias, algunas risas…

Algunos se ve que rezan… Otros, que se impacientan… Varios, se cansaron de leer sin luz, de tejer en el frío.

Porque hace frío, están en un patio, a media calle casi, bajo un árbol inmenso que les dice: “Respira conmigo, sí puedes… sí puedes.”

Cada uno tiene su razón de estar, su amigo, su hijo, su familiar como dicen en el seguro social aquí en México…

 

Sale por fin el ausente, el que sí pasó a donar, contento, feliz: ya cumplió, no le dolió, ya desayunó, rico, ya se va.

Ya donó.

 

 

PD: En México, el IMSS en efecto se caracteriza por ese color verde obscuro, elegante, acogedor, pero finalmente…, verde hospital.

PPD: Si quieres conocer ese lugar, contáctame… Aranza, mi sobrina, te necesita.

 

 

 

La princesa y el cangrejo

 

Los cuentos de hadas no son del pasado…

Hoy, justo hoy, estamos viviendo uno y nadie se ha dado cuenta.

¿Será porque todos estamos corriendo, y no nos hadado tiempo detenernos?

Ayer abrí los ojos, los del alma, los del corazón, y vi perfecto a la princesa, a las hadas, al malvado dragón y al temible bosque.

Y vi también como los caballeros, armados e intrépidos, se lanzaban al ataque.

 

La princesa es menudita… Tiene ojos grandes, cafés, brillosos, una boca sonriente, dientes casi alineados, y su cuerpo parece que va volando de flor en flor… Ligerita, pasa frente a nosotros, dice alguna broma, se voltea, y sigue su camino… Le dicen Campanita, como la de Peter Pan, porquea ella le gusta el cuento, y porque los nombres de las princesas de Disney le quedan chicos…

Elle, es la princesa entonces. Tiene papá, mamá, y hasta una hermana mayor, claro, que Campanita tiene que ser la menor para que el cuento sí sea de hadas…

Justo afuera de su casa empieza el bosque terrible, con sus ruidos ensordecedores, los olores nauseabundos que van despidiendo monstruos de ruedas. No hay pájaros, murieron por falta de oxígeno. La luz no viene del cielo, viene de curiosas lámparas de tres colores, verde, ámbar y rojo. Los transeúntes de ese bosque  no sonríen, tienen prisa, miedo, cansancio.

A veces la princesa sale, tiene que hacerlo, el malvado cangrejo, dueño del lugar, le ha pedido como cuota que se dirija regularmente a un lugar que ni ella quiere nombrar… Podría resistirse, podría patalear, llorar, gritar, arañar… Pero la princesa está cansada y sus papás también. Saben que la única manera de escapar a la vigilancia del maldito cangrejo es ésa: ir al lugar que nadie quiere nombrar.

Y al atravesar el bosque, cuidándose de jaurías motorizadas, su papá le va enseñando la vida, y su mamá le va dando la mano. La hermana mayor hace lo que hacen las hermanas mayores: cuida de que todo esté en su lugar para cuando la princesa regrese, cuida de que su vida sea lo más normal posible. Es la hermana mayor, le ha tocado una parte muy dura, la de esperar.

La princesa es muy conocida, muy querida… Esos ojos cafés han conquistado a más de uno… Cuando perdió la cabellera, como tributo al cangrejo, muchos ofrecieron la suya; nadie se ve como ella, ella tiene la piel lisa y dorada de las princesas, los demás imitan a cómo pueden pero sólo son eso: imitaciones.

Llenas de amor, eso sí.

 

Su historia y la de su lucha contra el cangrejo han rebasado los límites del bosque, las fronteras del reino: de otros lugares lejanos, y extraños, han surgido caballeros, hombres y mujeres, y han desenvainado la espada. La armada se está conjuntando, y están prontos allegar. Prontos a vencer.

Algunos son muy jóvenes, como ella: son los pajes, los que van brindando agua, y palabras de aliento. Otros, ya crecieron, y han ofrecido hasta su sangre por la princesa, y sí, los grandes magos y las hadas poderosas la han aceptado. Están, como en las leyendas, preparando pociones mágicas con ella y el cangrejo tiene miedo, mucho miedo. De todos lados surgen hadas, están llevando a los caballeros a la rebelión. Han llegado inclusive a una de las escuelas más renombradas de magos, y éstos, aun sin graduarse, se están organizando… ¿Qué se necesita sangre?¡La suya está puesta!

De las flores más bonitas, han sacado largos pétalos y en ellos las hadas más jóvenes escriben y escriben, piden y piden…El viento se los lleva a los lugares más lejanos, más recónditos…Ydesde allá, los caballeros han respondido: ¿Qué se necesita sangre? ¡Aquí está la mía!

La princesa está cansada, ella lo sabe, y sus papás también. Pero, los magos, las hadas y los caballeros están en la lucha…

 

Los cuentos de hadas existen, no son de ayer, son de hoy…

Y la princesa… No le tiene miedo al cangrejo estúpido… Que se quede en su cueva, que se esconda, que tenga miedo él.

¿Por qué? Porque la princesa, sin cabellera, sí, pero de ojos brillosos, está ganando.

 

18 de abril del 2013

Para ti

Admiración profunda

 

Trenzado. Liso. Recogido. Suelto. Corto, largo, rizado, lacio. Castaño, negro, rubio, rojo o azul.

Conozco a una Mujer cuyo cabello es extraordinario. Siempre lo ha sido. Desde niña lo ha cuidado, acicalado, acariciado. Por las mañanas lo lava, lo seca, le da forma, lo arrulla y lo luce. Sobre sus hombros y sobre su espalda, cae. Cae como cortina de terciopelo. Cae como ola de placer. Como belleza pura, viva y brillante.

Para esa Mujer su cabello es su todo. Podría perder lo flexible de su cintura, lo erguido de sus senos. Podría perder sus ojos, sus manos finas y largas. Con ese cabello, todos la seguirían mirando, admirando y siguiendo.

Es una Mujer menuda, pero fuerte, tan fuerte. Lo que ha logrado en estos últimos tiempos, nos desafía: no hay medida, no hay alcance. Su fuerza podría hacer palidecer a cualquiera si se le ocurriera hacer alarde de ello.

 

Y hoy, ayer, hace unos días, lo demostró.

Otra vez. Con creces.

 

Se cortó el cabello. Todo. A rape.

Y se lo llevó a la Virgen, ofrenda de una Madre hacía otra.

Por su princesa, su Campanita.

Su hija.

Su nena.

 

 

Julio 2013

 

A veces

 

La nena se fue

Ya cansada, se fue

Vuela Hermosa, vuela, dice una prima

Te espero dentro de cuatro años, le dice su abuela

Voltea y murmura: para sus quince años

Gracias por enseñarme tanto, dice su mami, te quiero Princesa, repite una y otra vez

La acaricia y la peina

M’Hija, ahí espérame, dice su papi, pa’ enseñarme como son las cosas

Fuerte. Erguido.

Su hermana la besa

 La llora

Sus primos en silencio la acompañan

Sus tíos y sus tías, con lágrimas contenidas sonríen todavía

Toda la comunidad se ha reunido para decirle adiós

Y en todas las miradas en todos los abrazos, encuentra eco la verdad:

A veces, sólo a veces, la manera de perder revela una gran victoria.

Una gran, gran, guerrera…

Va por ti Aranza, nuestro amor y nuestra admiración

Vuela Hermosa, vuela…

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