¿¿Alzar la voz??

 

¿¿Alzar la voz??

 

Alcemos la voz…

Eso digo cuando sucede algo injusto: alcemos la voz.

Sólo que parece que no sé cómo se hace eso, por lo menos a mi nivel.

 

La verdad, no me gustaría ser periodista: a ellos lo matan por alzar la voz.

No quisiera ser política: a ellos los matan cuando son honrados.

No quisiera ser abogada. A ellos los matan también.

Bueno si hasta escribir da miedillo, ¿o no?

 Entonces, ¿cómo se alza la voz…?

 

Para mí dos caminos, imprescindibles: informarme, tomar consciencia.

Informarme pasa por la tele, los noticieros, viciados sí, pero aun así. La radio, igual: de hecho es más fácil cambiarle a la estación de la radio que al canal de la tele, se han dado cuenta, verdad. Luego internet, periódicos, publicaciones privadas o públicas, de acá y de allá, cosas que leen conocidos míos y que recomiendan. Ahora, informarse no es absorber: es analizar, criticar, decidir. Por eso entre más opiniones, más versiones, mejor. Yo quiero tener mis ideas, no las de los demás. Y trabajo en ello.

Tomar consciencia, es el paso que le sigue a la crítica, pero que también la envuelve, la precede, la sostiene. Trato de interiorizar lo más posible los hechos, llenándome de las  emociones que despiertan en mí, en los demás: los desaparecidos resuenan en mí, los asesinados resuenan en mí, los niños robados o criminales, las inundaciones, las guerras, las bombas, los desfalcos, la muerte de mis vecinos, la hipocresía de algunos,  la impunidad de tantos, todo resuena en mí, varias campanas tañen en mi alma, cada una con su sonido particular, su dolor propio, su enojo creciente. Entonces, leo, interiorizo. Algunos dicen que me alarmo en balde. No, no estoy de acuerdo. Una cosa es medir el peligro y otra es dejar de vivir por él. Una cosa es chismear sobre la balacera del otro día, y otra tratar de entender el porqué.

¿Qué lleva a un chavo de 10 años a matar? ¿A un hombre de familia, a robar, mentir? ¿A una señora de su casa a preparar paquetitos de droga?

Porque los que me interesa entender son los chicos: los gobernadores, narcos, presidentes, banqueros, la verdad, no tengo ganas de llegar a su nivel.

Sí, a veces, siento que podría entender el gozo incontrolable de una violación, podría  excitarme el dominar a alguien físicamente, sexualmente… Sí, para  qué lo niego. No me detienen la sociedad y sus leyes, me detengo yo, porque sé que valgo mucho, más…

Matar a alguien… Ya lo veo más lejano: imagino que acuchillar a una persona ha de sentirse igual que cuando cortas un trozo de carne cruda para meterle un diente de ajo. Esa sensación no me atrae, y menos la sangre chorreando, ni el olor, ni los gritos, ni los golpes.

Aunque tal vez me dejaría tentar por ser la del mando, la que da órdenes, y no se entera si la tortura duró dos horas, o cinco…Tal vez por eso no quiera acercar mi mente a la que creo ser la de los narcos, y asesinos… El otro lado puede ser tan difícil de reconocer, hacer daño se puede vivir de una manera tan ligera. Tener poder es una sensación embriagante.

Entonces cuando tomo consciencia lo hago con cuidado, que la tentación es grande, y pienso que no es tan difícil caer del “otro lado”.

Me informo, tomo consciencia. ¿Y?  ¿Luego?

Cómo se alza la voz en un país, qué digo, en un mundo en el que los que lo hacen son encerrados cuando tienen suerte, matados cuando tienen menos, o de plano cuando hasta su familia paga por ellos, cuando la suerte no es más que una palabra…

Sí creo en hablar… Compartir ideas, informar a los demás, a los que se dejen.

Sí creo en escribir, nomás que con cuidado, ya les dije, no quiero que me maten… No por eso.

Y creo muy fuerte, muy decididamente, en las vibras que esparzo alrededor mío: una mirada, una palabra, un gesto hacen mucho.

Ya pasó el tiempo en que me sentía hormiguita en mi patio, separando basura a lo güey, afirmando que la orientación sexual de los demás no nos incumbe, reclamando injusticias con la vecina, con el director de la escuela, repartiendo consejillos, y hablando con los hijos. Dando el ejemplo.

 Sé que cada pequeñitita acción, cada palabra intercambiada, cada mirada cambia el mundo.

Y así es como, yo, alzo la voz.

 

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