En mi antro

CRW_0013 copy 2En mi antro

 

Estuve pensando ayer… para variar, en cuanto estoy sola, pienso en esto, o en aquello. Y como estoy sola a menudo…

Pensaba entonces, oculta en mi antro personal… No, no en una esquina, que las esquinas son duras, ni metida bajo mis cobijas, ahí el aire es irrespirable. Nada más en mi antro, el que se forma dentro de mi cabeza cuando lo necesito, me acomodo y cambio al mundo, o si no, me pregunto cosas, para cambiarlo justamente.

Y llegué hasta mi cuerpo, sólo porque me duele y me impide vivir. Porque otra vez cambio de formas y eso me pudre.

Y luego todas esas ideas de que el cuerpo grita lo que el alma calla vinieron a poner de cabeza mis preguntas, mis expectativas, mis cuestionamientos.

Porque, entonces, además de tener dolor, me siento culpable. Porque, a priori, si mi cuerpo aúlla como lo hace ahora, es que yo, no soy capaz de decir en voz alta lo que no está bien.

Entonces, me puse a buscar, a fondo, con ganas, lo que me estorba… y lo que me estorba, es el dolor… Hermoso círculo vicioso, ¿o no?

De ahí, como para llegar más lejos, para encontrar lo que no funciona en mi alma, y luego, saltarme a lo que no funciona en mi cuerpo, me regalé una pequeña regresión al pasado: infancia, adolescencia, adultescencia, hoy… (No sé qué soy, ¿un más que adulto?), bueno… Ese regreso me impulsaba a meterme debajo de mis cobijas, ésas mismas bajo las cuales no se puede respirar, y a dejar de respirar.

Nunca nunca, he estado en armonía con mi cuerpo, siempre ha habido guerra entre él y yo.

Niña, adolescente, esa falta terrible, la de ser mujer… O mejor dicho, no-niño.

Y luego los kilos que se acumulaban, intentando supongo esconder esa femineidad, llenando mis angustias de pan y de mantequilla. Esos kilos que me persiguen desde entonces, la báscula que odio, que me vigila, y me hace llorar. Siempre. Aun cuando, habiendo pasado de los cien kilos, dejaba de pesarme, tres veces, tal vez cuatro en mi vida. Aun ahora, en que no estoy “muy gorda”, sólo subí unos 5-6 kilos, pero pesan duramente sobre mí, sobre mi pantalón, mis camisas que ya no cierran. Me re-contra pudren esos kilos, que ni siquiera subí comiendo pan y mantequilla…

Luego entre la adolescencia y la adultitud (Invento palabras, clara ventaja de conversar dentro de mi cabeza), el dolor que se instala, el vientre, la espalda, el estómago, la cabeza, la cara… ¡¡Chinga!!

Y hoy en día, actualmente, anteayer y ayer, siempre siempre dolor… Reconciliada con la idea de ser mujer, reconociendo la mentira que estaba al origen de esa “falta”, gozando la ropa sobre un cuerpo, no delgado pero de tamaño normal (¿normal para quién?, sí, ya sé), el dolor de nuevo, el pinche dolor.

Y por encima de todo, esa idea lancinante de que si mi cuerpo grita, es porque yo no lo hago… y de nuevo la culpabilidad de siempre: no eres niño, estás muy gorda, lloras, demasiado, hablas, demasiado, obedece, cállate, cállate, cállate…

Y entonces la luz se hizo, todas estas palabras que riego se volvieron pensamiento único: “mi” cuerpo. ¿Por qué? ¿Por qué decimos que tenemos un cuerpo, una propiedad, y no que somos un cuerpo? ¿Para que quede clara la diferencia entre el alma –soy- y el cuerpo –tengo-? ¿Para sentirnos “más que”…? ¿Porque así aseguramos el hecho de que él se quede y de que nosotros, vamos a seguir? ¿O porque este cuerpo, esta cosa que estorba tanto como acompaña, nos fue impuesto…? Mis ideas todavía son un tanto nebulosas, sólo son punto de partida para una próxima conversación conmigo misma dentro de mi antro…

Pero… Si fuera capaz de decir: “Soy mi cuerpo”, ¿sería él más feliz? ¿Se sentiría él por fin, aceptado? ¿Me hablaría él con palabras más dulces?

¿Dejaría él, por un tiempo, una día, una hora, de rugir?

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