Hoy platiqué contigo

Hoy platiqué contigo

 

Hoy estuve en tu casa y platicamos.

Pensé que iba a salir de tu casa con la garganta hecha nudo, y lágrimas rodando pero no, no fue así.

Tienes en ti algo que te hace brillar, y ese brillo destiñó sobre mí.

Al hablar de dolor, definimos el dolor que sólo duele y  el dolor que mata.

Y al tocar uno de tus tantos tumores, también toqué tu piel lisa, caliente, viva.

Y sí, hablamos de que un derecho que tenemos es el de vivir nuestra muerte como lo queramos.

Aunque los “demás” nos vayan llevando de un lado a otro.

Hablamos de culpas,  de logros, de soledades y orgullos.

Sí. Es cierto que todavía no veo alrededor de ti esa luz de la muerte. Es cierto, si no, te lo habría dicho.

De hecho me sentí yo menos viva que tú, menos leída, menos reflexionada.

Aunque también aporté al momento, fuiste tú la Luz.

Hablamos de los hijos, claro, pero pensando en el ejemplo que somos: tú opinas que hay que esconder dudas y sufrimientos, yo al contrario, que es bueno que vean que sufrir y dudar es cosa de todos los días.

Hablamos de esposos, de cómo callan o no, cuanto sufren, cuanto duelen.

De cartas, de velorios, y de paletas de limón.

Y de las amigas que te traen esas paletas de limón.

Pero lo que en todas nuestras palabras, en todos nuestros gestos, en todas nuestras miradas se trasminó fue el valor.

El valor que eres, y el valor que tienes.

Sí, claro hay veces en que pides un descanso, una razón, un para qué… Claro, si eres humana.

Pero hablamos del momento de morir con tanta calma, con tanta evidencia, que me guiaste tú a mí, en lugar de que yo te iluminara.

Eres valiente, muy valiente…

Me dirás que nadie te preguntó si lo querías ser, que aunque digas que no, de todas maneras los tumores siguen esparciéndose, la quimio sigue quemando, y los días siguen pasando. Que eres una mujer normal, y que otras veces no has sido valiente, y que la etiqueta ni la quieres…Que mejor se la den a otros, a los niños en particular…

Pero también dijiste que te habían dado seis meses, y que ya llevas ocho. Que se chinguen los pendejos que se atreven a contar y luego se equivocan…

Después me dijiste “te quiero” y te lo dije también, y nuestras voces se confundieron, el abrazo fue fuerte, “vibroso”, de esos que no necesitan ni más tiempo ni más miradas.

Pues nada, es lo que te quería decir: Hoy platiqué con una mujer valiente.

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