Infierno personal

Infierno personal

Vas por el día más o menos tranquila.

Más o menos, porque sabes que en cualquier momento la bestia que te acecha va a atacar.

De día, la verdad, no es tan brutal: no pasa de que no puedas partir una manzana, o salir sola del baño. Que decidas ir en coche a una cuadra de tu casa, o que tengas que pedir ayuda para salir de tu cama.

Pero de noche, todos los monstruos despiertan.

El dolor es infernal, insoportable. Te corroe la piel, te quema las entrañas, sientes que la nuca se te llena  de ampollas y que los ojos se te salen. No te atreves a mirarte las manos, sabes que se han vuelto monstruosas también, desfiguradas, seguramente podridas, agusanadas, verdes y apestosas.

Pasan las horas, en la espera como siempre, de la próxima pastilla, de algún programa en la tele que te duerma, de alguna voz que te ayude.

Llega la mañana y te das cuenta de que el dolor que pensaste insoportable no lo fue, porque después de todo… Lo lograste.

Puedes empezar un nuevo día.

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