Infiernos

Infiernos

Hay de infiernos a infiernos y los personales siempre nos son más espantosos que los del vecino.

Por más que procuremos pensar en el otro, en el prójimo, el amigo o hermano, tenemos tendencia a creer que nuestro dolor es más hondo, que nuestra pena más profunda, y nuestro muerto más muerto. Sabemos que aunque, por una hora o un día, nos compadezcamos del sufrimiento ajeno, inclusive suframos con ellos, regresaremos a nuestras propias pulgas, a nuestras propias heridas, y a nuestra propia sangre

Porque así es la vida, así somos, y así sobrevivimos…

No todos somos Teresa, ni vivimos en Calcuta…

 

 

 Pero a  veces, cuando el ocio, la empatía o el amor profundo nos obliga a  voltear, el infierno ajeno es tan insoportable que nace en nosotros el deseo insuperable de cargar con él y de curarlo todo, de ser milagrosos y de sanar al mundo, a los enfermos y a los niños.

De borrar el sufrimiento y el miedo. De ser una presencia luminosa, como de película, en tecnicolor, y de llegar, y sólo con una mirada, de las de poster, poder curar, sanar, resucitar…

Tomar a cada ser en los brazos, mecerlo, arrullarlo y sanarlo por completo, sonreírle, y sanarlo…

Porque la vida también es así, porque también  somos así, porque así sobrevivimos…

 

Por eso cuando me da tiempo pensar en mi infierno y en el ajeno, doy  gracias… Esperando no regresar demasiado rápido a mis propias pulgas, a mis propios dolores, a mí propia sangre…

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