Del poder de las palabras

Del poder de las palabras

Las palabras, sobre todo las de los demás, marcan mis vivencias con un número igual de recuerdos, o de obstáculos a veces.

Empezando por mi nombre: Gwenn Aëlle… O Guénaëlle, como lo escriben mis padres. Durante años me estorbó para vivir mi vida diaria. Durante años pensé que era masculino, sólo masculino… Hasta hace sólo unos meses, me enteré de que había sido escogido por mi padre porque para él yo era “un regalo de los ángeles”… En bretón, Gwenn Aëlle, en español, Ángel Blanco. Durante años, me pesó… Como a los 13, un maestro, cuyo nombre omitiré, nomás por fregar, me decía Jacqueline, aduciendo, en justificación, que “a nadie se le ocurre llamarse Gwenn Aëlle”. Sentía mi nombre tan grande, largo y pesado como lo era yo, y no me gustaba… en lo más mínimo… Claro que también  ha sido causa de numerosas carcajadas, siendo los mexicanos, de manera general, absolutamente incapaces de recordarlo y mucho menos de pronunciarlo… Aquí, cuando hacen un esfuerzo, me dicen Gwenn… sólo Gwenn. Si no, me ha tocado Gwendoline, Genoveva, Wow (sí, ya sé…), Amiga, Güera. En la calle, cuando alguien grita “Güey”, volteo, pensando que me llaman.

Un día, lo reconocí, tomé posesión de él y lo hice mío. Por eso marco la diferencia entre como me dice la gente, y como Me  llamo YO…

Y luego hay frases, fragmentos de alguna conversación, que regresan a menudo, a veces para hacerme sonreír, otras para hundirme un poco más… Pero eso es cuando ya de por sí, me estaba yo ahogando… Así que tantito más o tantito menos…

Una de las más antiguas, la que mejor me hace sentir, la que más recuerdo…: « Tiene usted una espalda hermosa, señorita. »… Esa me hace pararme más derecha, vuelve mis ojos más brillantes, y me da un airecito a bronceado natural entre las vértebras… “Tiene usted una espalda hermosa, señorita.”… Cuando estoy en traje de baño, arqueo la espalda, porque es hermosa… Por las mañanas, frente al espejo, me contoneo tantito para alcanzar a verla… Y por la noche, me gustan las manos sobre mi espalda… “Tiene usted una espalda hermosa, señorita “.

Ésta también, es hermosa…: “Una hija, es un regalo de ternura”… Y es cierto, mi hija… Es la ternura dentro de mi corazón, en mi mirada y en mis palabras… Es verla despertar, el cabello revuelto, la mirada ensoñada todavía, y los labios hinchados… Es recibirla por la mañana en la tibieza de mi cama, para el cariñito de los tiernos… Es mi hija, la ternura, la luz, la belleza, el amor… Mi hija, un regalo tan hermoso… El más bello de todos… Un regalo maravilloso…

Y me aplico en cultivarla, esa niña… En hacerla crecer en la luz… Nunca le diré que “cuando se tiene el cabello como lo tienes, se corta”… Nunca… Sobre todo que su cabello es tan bello… El mío, desde aquel día, me lo corto seguido, o lo tuerzo, o lo pinto de rosa y de azul… Todo con tal de disfrazar ese cabello tan feo que cuando se es propio… Se tiene que cortar…

 

Cortar también en pedacitos esta frase que leí en una carta, que nunca debí de haber desdoblado, que debería de haber estado guardada, que probablemente se dejó a mi alcance para hacerme reaccionar… o llorar… « Recuperé a Guénaëlle, igual de gorda que un puerco »… A los 16, no supe defenderme y seguí engordando… Para que los demás tuvieran la razón, ¿no?… Hoy, podría contestar… Pero las respuestas tardías no sirven de nada, si no es para engrosar el rebaño de las frases malvadas… Yo escogí defender a los que sufren por el tamaño de su cuerpo… Darles ánimos, y nunca, nunca, calificarlos de puercos… Nunca. Y pelearme contra un mundo en donde sólo los delgados tienen su lugar. Soñar con una línea de ropa para la gente como yo, para los que no quieren ya ser señalados y tampoco quieren vestirse con botargas, flores gigantes y moñitos en el pecho. Hablar por los que quieren enseñar su espalda, porque es bella, o  recogerse el cabello, tan feo, y caminar erguidos. Escogí no lastimar. Es mi revancha. Escogí también sentirme a gusto con mi cuerpo, cuando puedo… Una revancha increíble, exquisita…

A los 17 es demasiado difícil resistir a esa voz que me repite lo que dijo otro…: “¿Cómo? ¿Estás saliendo con eso?” ESO, soy yo… Yo que no soy ni delgada, ni elegante, ni rica… Sí, ya sé, la mentalidad de los chavos de 18 años es poco ilustrativa, o si no, andaba yo en un mundo poco ilustrado… aquel día. Pero a los 17, otra vez, no me supe defender. Y el muchacho que había salido con ESO esa noche, se ha de haber sonrojado, y se ha de haber sentido humillado… Cortando conmigo poco tiempo después, aunque no creo que haya sido por lo de la forma de mi cuerpo, más bien por el amor, o la falta de…: “Sí me entiendes, sólo salí contigo para probarme a mí mismo que lo podía hacer”…  A veces, la honestidad debería de quedarse callada e inventar algo más lindo, más o menos como “Es que me voy a vivir a China”… ¿No?

En cuanto a irse, éstas son las palabras que recuerdo… “Cuando se hayan ido todos, me volveré druida”… Saber que somos el obstáculo principal para la realización de otro, es casi tan difícil de sobrellevar como mi nombre… Y darse cuenta de que ese otro partirá, aunque su esposa siga allí, su casa y sus perros, sí le da una buena sacudida a todo el rollo ese del compromiso, y del amor para siempre… Aunque no abandonar a sus hijos, haya sido ya muy grande…

Y el hijo de la otra, el que dice ella, le robé, como si no fuera también él responsable de su famosa partida… Aquella mañana de hace unos 20 , 30 años, con boca de corazoncito, llego yo, mereciendo mi apodo callejero -Güey-, unas violetas en la mano, medio temblorosa pero mano al fin, sólo para que me digan…: “Muy bonitas las flores, pero preferiría que me regreses a mi hijo”… Ésa todavía no la digiero… Ni ella tampoco, creo… En cuanto el hijo en cuestión, sigue igual que antes, tomando solo sus decisiones, como si fuera grande, y no creo que me dejaría regresarlo, a quien fuera…

Todas esas palabras, esas frases malvadas, envenenadas, se las regreso… ¿Quién las quiere?

Me quedo con ésta, es hermosa…

 

«Soy mujer, soy yo »… oída de pasadita en una película, la noche en que entendí que no era la única en luchar para ser mujer, que otras lo comentaban alrededor mío, que otras combatían, y cantaban, y hablaban, o lloraban. Esa enorme toma de conciencia de cierta clase de solidaridad, con ciertas mujeres, no con todas, les dejo las que me dicen que parezco puerco o que reclaman un reembolso… (una vez salida la mercancía, señora…), que me permite pararme derecha hoy, hablar fuerte, vociferar dirán algunos, esta toma de conciencia, se la ofrezco a mi hija, pero también a mis hijos, arriesgándome a que se sientan menos ( cuidado Güey!), aunque nada segura de mis piernas, nada segura del camino, pero segura de mi derecho. Esa enorme toma de conciencia del esfuerzo, de la lucha encarnizada de otras mujeres, antes de mí, después de mí… Sólo por una canción en una película, una noche de escuela…

La escuela también colecciona algunas de esas frases… El maestro que me ve levantar la mano y dice: «Vamos, ¿a ver qué tontería nos va decir ésta?” pierde la guerra frente a este otro maestro que lee mis poemas en voz alta en el salón… “Caen los pájaros heridos de sol…”, y el que dice palabras amables debería siempre de ganarles a los demás… Pero tal vez no hable lo suficientemente fuerte…

Una noche en la que cantaba en mi cuarto, demasiado fuerte justamente, esa voz que me llega desde el corredor: “Muy bonito señorita, pero es hora de dormir”… Es chistoso, ésa, me cae bien o mal según mi humor del momento… Totalmente ambivalente…

“Ma… Tengo un problema”… Estas palabras me aprietan el corazón, los intestinos, tripas y todo… Pero también me dejan la certeza de que para ese gigante que es mi hijo, sigo siendo “Ma”… Y es ese doble filo el que usa para ponerme a correr y dejarme sin aliento…: “Ma”, y digo sí. “Ma”, y vuelo, ayudo, curo, corrijo, cargo, todo, lo hago todo por esa palabra, por él, tan grande, tan fuerte, tan guapo y sin embargo tan débil y pequeño aún… Esas dudas que no son las mías, intento sin tregua desmontarlas, destruirlas, demostrarle que él vale la pena y que tiene todo el derecho de creer en él… Esa palabra tan chiquita se vuelve tan grande, cuando la dice él…

En cambio, para mi otro yo, para el que nunca  habla, que no despega los labios más que cuando no le queda de otra, son mis palabras las que construyen un puente. Le hablo, aun cuando no contesta. Lo miro, sobre todo cuando está dormido. Lo apapacho en secreto, en mis sueños, arriesgando de vez en cuando un « Te quiero » discreto, silencioso… Con él, no hay palabras, ni frases, sólo un amor rudo, silencioso, combativo. Cada día, ensayamos pases diferentes, espadazos, y truenos, partiendo del principio que sólo la indiferencia es terrible…

No puedo decir que haya yo sido indiferente algún día… Cariñosa sí, posesiva, celosa, hasta mendiga… Pero nunca indiferente… Aun cuando me concentre en serlo para querer menos, para sufrir menos… Aun cuando un día recibí en el mero hocico estas palabras…: “Te quiero mucho, pero me pides demasiado”. Entonces me replegué, tuve miedo, no de querer, sino de pedir… Pasando de un extremo al otro… Nada más que no entendí… Si yo puedo amar como lo hago, ¿por qué no me pueden amar a cambio? ¿Amar igual, amar tanto como yo?

 

No me quedan más que dos frasecitas, tan cortas, tan diminutas… La que odié y la que me hace vivir…

“Se me antojó”… Se te antojó, entonces la tomaste… Me traicionaste, olvidaste, lastimaste… Sólo por un antojo… Desde entonces, esa palabra me hace vomitar… El antojo de lo que sea, de un chocolate, o de un beso, me causa vértigo y me recuerda sin descanso esos otros antojos, los que lastiman… Pero también aprendí a reemplazar, si no mis amores, al menos mis palabras y mis anhelos… Entonces el antojo de los demás ya no me duele, no tiene ya lugar ni en mi cabeza ni en mi corazón. Antojo refundido en el pasado, en el pasado lejano, que no hace llorar más… Antojo rebasado, anulado, olvidado… casi.

 

Y la última… La más bella, la más cierta, la mas repetida también… La que me dicen tan seguido, a lo largo de cada día, de cada caricia y cada cariño, y en respuesta a la mía… La que me lleva a abrir los ojos por la mañana y a sonreír cuando duermo… La que me lanza por los caminos, y a los proyectos más locos… Esa frasecita, esas cuantas palabras que tienen el don de eclipsar todas las demás, por más sapientes, bien intencionados o cabronas que hayan sido….

“Yo también”…

La más bella, la mas mía…: “Yo también”.

 

 

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