Trapos y compañía

 

Trapos y compañía

Que loco que un simple vestido me pueda preocupar, trastornar, atormentar, obsesionar. En una palabra… Este trapo me arruga los ánimos.

Debo, próximamente, acompañar a dos amigos en un festejo: una festeja su cumpleaños, el otro un puesto importante. Estoy contenta, hasta orgullosa. Y este lío de vestimentas tenía que volver todo más complicado. ¿Qué ponerse cuando tiene una que ir elegante pero que va a hacer un frío terrible? ¿Qué hacer cuando tiene una que ir elegante so pena de no poder ni entrar al lugar del festejo? ¿Qué ponerse cuando tiene una que ir elegante y… Se es yo?

Tatuajes… Cabello rubio estriado de blanco… Aretes siempre extravagantes… Ropa hindú, hippy, largas faldas bordadas, blusas por el estilo y chaleco de cuero…  Zapatos bajos because la comodidad y because mis pies llegan de aquí a la Patagonia… Y bolsas de mano hechas en casa, porque sí se ven más chulas.

Sí, tengo que decir que soy una mujer guapa, alta, imponente… Pero mi elegancia no es clásica… En lo más mínimo.

Y ahora, debo, quiero, por aquella sociedad a la que le di el sí, porque hay que salir de vez en cuando de lo cotidiano, para probar de todo, debo entonces, ser… elegante.

No necesito abrir mis armarios ni vaciar mis cajones. Ese vestidito negro Chanel no lo voy a encontrar en mi casa, y menos las zapatillas de la Cenicienta. Nada de oro en mis alhajas, sólo un poco de plata, y de vez en cuando. Nada de peinados elaborados, ni maquillajes sofisticados.

Sin embargo, lo repito, soy una mujer guapa, alta, imponente.

Me gusta cuando la gente me voltea a ver, y cuando luego desvían la mirada, ofendidos por mi piel y por los colores que elegí ponerle, cuando comentan el largo de mis vestidos, y la madera de mis pulseras… Pero esta vez… Si soy yo, no me van a dejar entrar…

¿Ser yo, por mi ropa, será volverme como aquel  famoso monje por su hábito?

Cuando niña, adolescente casi, tuve que esperar largo tiempo para mi primer sostén… No importó que mi pecho hubiera decidido que a los nueve años, ya era tiempo de aparecer, tuve que esperar a ser “grande” para obtenerlo, la sociedad en la que vivía en ese momento aceptaba de muy mala gana el verme cambiar. Las compras seguían siendo en el departamento de niños, ignorando con altivez mi talla adulta, más adulta, más alta que muchos de los grandes que evolucionaban alrededor mío. Mi primer pantalón de mezclilla, aquel con el que soñamos todos, fue una herencia: el de mi mamá estaba bien para mí, supongo…

Ya para la edad en que uno puede empezar a escoger que ropa quiere, en la que la moda se vuelve importante, cuando la apariencia lo es todo, empecé a engordar, triste manera creo, de no ser mujer. Entonces, el departamento de jovencitas me fue vetado. Aquí no hay tallas extras más que para las señoras de más de 70 años, de las que tienen un pecho enorme, y a las que les gusta, según parece, envolver su trasero con tela de flores gigantescas. Heredé, otra vez, de la ropa que le pertenecía a otra persona, una chava que sí se había puesto a dieta, como me repetían cada día, con cada blusa, cada falda, mientras mi hermana, tan delgada, tan chiquita, heredaba maravillas, colores y cumplidos.

Entonces… Entonces huí, corrí. Me vestí con esa ropa hindú que tienen la facultad de envolver, de decorar: a menudo brilla, y la persona que se la pone puede por fin perderse en su colorido. Le cosí campanitas a mis faldas, segura de que la atención se fijaría en ellas, y ya no en mí.

De vez en cuando, me probaba un jean, en el departamento de hombres.

Y entonces el largo recorrido de las dietas, de los kilos perdidos, recuperados, empezó. Muy seguido pesé 100 kilos, sin saber nunca hasta donde llegaba, dejando siempre de pesarme en cuanto llegaba a esa marca fatídica. Un día delgada, al otro obesa, seguía escondiéndome tras mis joyas de pacotilla, mis suéteres  informes, hechos en casa, y mis faldas largas, siempre mis faldas largas. Evitando los espejos, siempre, sintiéndome tan pequeña, yo que he sido siempre tan alta.

Un hombre, un amigo, me miró un día y me declaró que mi peso, lo llevaba yo más en la cabeza que sobre mi cuerpo, y que sería bueno que me comprara ropa de mi tamaño en lugar de tratar de volverme invisible.

Me sacudió, me hizo entender, me hizo apreciar mi cuerpo, separarlo de mi cabeza, y me permitió al fin gozar por las mañanas al escoger el atuendo del día.

Aprendí a querer mi cuerpo, a disfrutarlo, a admirarlo. Las paredes de la casa se cubrieron de espejos, y me sonrió cuando los uso, aunque aquellos kilos malditos no hayan dejado nunca mi cabeza.

Ahora tengo dos jeans: uno negro y otro azul. Me los pongo con gusto, aunque me sienta ligeramente disfrazada, parecida a cualquier persona. La ropa que escogí cuando adolescente, se transformó en una parte de mí misma. Me siento más alta, más guapa, más poderosa, cuando mi falda es larga, bordada y tornasolada.

El caso es que me gusta vestir como lo hago, me gusta la personalidad que reflejo en  este atavío. Me siento más segura de mi cuerpo que lo que nunca he estado. Camino derecha, con arrogancia a veces. Me siento guapa, y soy imponente.

Entonces… Entonces… Entonces, esta batalla dentro de mi cabeza por la ropa que se supone me tengo que poner esta semana me purga, me chinga terriblemente. Me creía tan segura de mí misma, y resulta que cualquier brisa me hace dudar. Pienso en esos festejos todo el día, hasta sueño con ellos. Sí, es una friega, no nada más no tener “nada” que ponerme, pero además creérmelo…

Mucha chinga el haber escogido esta clase de eventos para salir, por fin, de mi madriguera. Y más chinga que de hecho… Me chingue tanto el asunto…

Vuelvo a mis miedos de adolescente, oigo otra vez las palabras de un muchacho diciéndole al que había salido conmigo esa noche: “¿Cómo? ¿Sales con eso…?”. Vuelvo a mí, y me entristece.

Me entristece hasta el punto de sentarme y hablar de ello… De escribir páginas y páginas sobre un rollo de trapos, un rollo que no es más que un rollo de miedos, un rollo de adolescente perdida dentro de su cuerpo, perdida dentro de su vida…

Un vestido… Cuánto daño puede provocar un vestido… y más cuando no lo tengo.

 

 

 

 

 

 

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Un commentaire pour Trapos y compañía

  1. tdahbe dit :

    Un blog ?
    Tiens moi aussi !
    Est-ce que les grands esprits se rencontreraient ?
    http://pascalelife.wordpress.com/

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