Interior

Interior

El otro día vi, o creí ver, algo jamás visto…

No ubico todavía si era planta, animal o escultura

No ubico todavía si lo vi o lo imaginé

Alebrije fantástico o planta pudriéndose, no me queda claro

Indescriptible con palabras humanas, indescriptible porque tal vez inexistente

 En uno de los extremos, negruzca, yacía la soledad.  Del otro lado, totalmente opuesta en color, se erguía  la juventud.

Por el medio de aquella cosa, o animal, o planta, iban y venían flores de maldad, y otras más, de miedo. Habían crecido yendo de un extremo al otro, sin saber tal vez siquiera si existía alguna posibilidad de sobrevivir sin ellos. Habían retoñado cual hongos de mala muerte, o variaciones de colores. Sin conocerlas, sin tocarlas, sin olerlas, se sabía que eran causa y consecuencia de lo mismo, de la vida y del desasosiego…

Seguía yo mirando, con cautela, desviando de vez en cuando la vista, no fuera a ser que aquella aparición me ubicara. Una parte de mí, atenta, anotaba particularidades, desarrollaba suposiciones, explicaciones, tratando desesperadamente de relacionar la visión con lo conocido. Otra parte, más importante, más débil también, sólo se concentraba en respirar, en temer el contagio, o algún reconocimiento súbito.

Por debajo de aquella cosa, apéndices. Tal vez fueran patas, o aletas, o raíces…  Eso sí, fuertemente ancladas en la costumbre, la ley y las modas. El color de la discriminación asomaba bajo una suerte de piel, o de tejido, o de nube rosácea, dibujada tal vez a fuertes pinceladas, o tajada a fuertes cuchilladas, no se alcanzaba a ver, a entender.

Mi mente daba vueltas alrededor de aquella imagen. Podría haber extendido la mano para tocarla, comprobar si era viscosa, o sólo brillosa, si era fría o hervía. La parálisis me había invadido, y no temía más que una cosa: que aquello tuviera ojos y de repente volteara hacia mí.

Conforme pasaron los minutos, y el cielo fue cambiando de color, el aire de tesitura, y los olores que emanaban de mi cuerpo se fueron aligerando, aquello, la planta, o la escultura, o tal vez el animal,  se fue difuminando, borrando, por partes: primero sus olores, y luego la juventud. Las flores se marchitaron o se evaporaron, no le sé. Quedo sólo, al final, frente a mí, un extremo: el de la soledad…

No ubico todavía lo que vi el otro día, o creí ver.

 No ubico todavía si era planta, animal o escultura

No ubico todavía si lo vi o lo imaginé

Tal vez, finalmente haya sido un animal… De esos que viven dentro de mí, y que, jamás, nadie ha visto.

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