Cuando todos gritan

 

Cuando todos gritan

 

Este episodio de mi vida, lo he platicado muchas veces… Pero sólo en voz alta, nunca por escrito. Y… Las palabras vuelan, cambian, se olvidan o se transforman. Entonces hoy por la mañana, decidí que lo tenía que escribir, con toda urgencia, como si fuera así de importante, fijarlo sobre un papel a martillazos, nomás para clavar con más fuerza las líneas y las letras.

Mis  enredos con la escuela han sido tema de numerosas críticas, risas y enojos…  Pero los del mundo de la física, de la alumna que era yo en ese entonces me marcaron de manera especial.

Para empezar, pienso que no fui programada para transitar por una vida explicada por fórmulas. Cuando chica, cuando teníamos que pararnos de cabeza o treparnos al columpio, debería de haber adivinado que las leyes de la física no eran para mí: incapaz de levantar mi traserillo, o de pararme de manos o hasta de echarme una marometa. Si me hubieran explicado lo de las fuerzas, reacciones, velocidades… Chance… chance…

Por ahí de los 16 años, en clase, lo intentaba, con todas mis fuerzas. Me maravillé el día en que entendí todo lo que hacía mi cuerpo al subir unas escaleras, o cuando descubrí que los objetos no caen sino que son atraídos hacia el suelo. Me acuerdo de un maestro, aunque de su nombre no, lo llamare Lépendejé, because sí, diciéndole al salón, un día en que levanté la mano para contestar una de sus preguntas: “¡Miren! ¡No entiende nada, pero al menos lo intenta!”…

Imagino que para él fue un cumplido pero a mí me llegó cual bala de cañón lanzada a no sé qué velocidad  y percutiendo el objetivo en sí sé qué momento. ¡Lépendejé, Lépendejé!

Y el salón atacado de la risa… Claro….

El año siguiente, año de la anécdota que me esfuerzo en llegar  a contar, fue el año de un maestro que mandó Francia, que seguro sabía de física, pero no tenía idea de lo que era la enseñanza. ¡Aunque sí logré estar a un punto del promedio general en los exámenes finales! … Claro, cuando el promedio es 2 puntos de 20, no es gran cosa pero… ¿Más o menos la llevaba no?

Todavía me acuerdo del problema número 1 del libro, que nunca resolví, en el que tres coches llegan al mismo tiempo al alto… Pero no frenan todos igual. Varias veces por semana, cuando llego al alto, me dan ganas de pasármelo, nomas porque sí… ¡Porque nunca de los  jamases supe cual de los tres coches volvió a arrancar el primero…!

En fin… Entre ese maestro, que de su nombre sí me acuerdo, pero ¿para qué ponerlo en la memoria de otros? Sepan que tenía el cabello negro, muy negro, ondulado, y que jugaba básquet en el recreo… Entonces entre ese maestro y mi relación especial con su materia… Las clases eran todo menos aburridas.

Aquel día, yo estaba atentísima, súper concentrada, porque seguía creyéndomela… Pensaba en serio que si me aferraba, algún día acabaría por entender. Llega pues, el famoso maestro y así, de buenas a primeras, sin preparación, sin calentamiento, nos suelta: “Hoy vamos a estudiar la corriente eléctrica en un cable infinito.”

Así… ¿No se sobresaltaron? Un cable… ¿infinito?

Levanto la mano, se me queda viendo, seguro pensando: “Puts… Me tenía que tocar ella…“, y me da la palabra… Les paso los detalles de la conversación que duró un buen rato… Yo, diciendo: “Un cable infinito, para empezar, no existe, ¿cuál es el interés? Pensando en los famosos números imaginarios que justo en esos días nos habían presentado en matemáticas, y preguntándome como iba a sobrevivir si por un lado me pedían que pusiera los pies sobre tierra y dejara de soñar despierta, y por el otro me pedían que estudiara, en serio, un cable… infinito… Y él, sin argumentos, diciendo que “es interesante, nadie le pidió su opinión, viene en el libro…”

Yo, con las orejas carmesí, deveras, las sentía crecer a los lados de mi cara, transformarse en enormes biombos, los ojos brillosos, creo… Y él, son su cabello negro, y su balón de básquet detrás del escritorio… Tuve que aceptar… Íbamos pues a estudiar el cable… infinito.

Y entonces, de repente como si tuviera el derecho de su lado, que nos anuncia: “De ese cable, vamos a tomar una porción.”

Salté. ¿¿Una porción?? ¿Un pedacito?’… ¿¿Qué??? ¿No mamen? O sea… Del cable infinito, solo vamos a estudiar un pedazo… ¿finito? ¿¿Que mamada era esa???

Entonces volvimos a  discutir: yo enunciando mi verdad, él la suya, sin escucharnos, sin argumentos, solos cada uno de su lado del pizarrón… Lloré, me dio calor, el salón…  El salón, no sé. Estaba sola en aquel universo, sola con ese maestro, sola con lo incongruente, lo absurdo, lo inútil.

Y me salí. No sé si me pidió que me fuera o si decidí sola que ya estaba bien pero me salí…

Y saqué 1 punto de 20, en los finales, en física…

Muchas veces reviví la esa escena: frente a mis padres que decían “no” a algún pedimento, frente al poli que afirmaba que me había pasado el alto, frente a la escuela que expulsaba a mi hijo, o frente al gerente del club que amenazaba con sacarme si protestaba por ya ni me acuerdo qué.

O también cuando estaba tan enamorada de este o de aquel y que… sólo era pretexto para algún comentario que se suponía era chistoso. Cuando quería que se enamoraran de mí, pero no había quien lo hiciera.

Frente a una amiga que no piensa como yo, para quien la homosexualidad es horror, o la que piensa que la sirvienta es solo un objeto en su casa, o la que jamás de los jamases haría “eso” con su esposo.

O aquellos que se quedan viendo mis tatuajes, o mi cabello azul como si viniera de no sé que infierno… Y fuera contagiosa.

Los que no entienden que tenemos derecho a ser diferentes, o a decir lo que pensamos.

Es la misma pared, la misma incomprensión de un lado, como del otro.

La negativa de las dos partes por dar un paso, un solo paso.

Es una pared.

Como para preguntarse si esa pared no la invento yo, me la imagino, y la paseo a todos lados conmigo, alrededor mío, donde quiera que vaya.

Siento a veces un mundo que se ahoga, que se funde en un intenso clamor en donde cada uno defiende su posición, su opinión, su verdad, en el cual cada uno construyó su propia pared, solida, fea, que en lugar de proteger, no sirve más que para impedir que el otro se acerque.

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