Una belleza clásica

Una belleza clásica

 

A veces me encuentro con ciertas palabras, o ciertas frases que me hacen ruido, aunque ya las haya leído varias veces en un libro, en una novela…

Y de momento, estas tres palabras me rondan por la cabeza: una belleza clásica.

¿Que será eso de “una belleza clásica”? No estaría de más saberlo porque las heroínas de las novelas del corazón que me encantan lo son a menudo o sino, las disculpa el autor al mencionar su nariz pequeñita y respingada, o sus miradas maliciosas.

Una belleza clásica… ¿Será como la música clásica? ¿Una composición hábil y melodiosa de rasgos que se armonizan y explotan como en concierto?

¿O será el contrario de una belleza moderna, de una belleza excitante? ¿O de una belleza no bella?

El problema de una belleza clásica es que justamente… No hay descripción… El misterio es completo: cuando la belleza es clásica, no necesita explicación. Como si leyéramos una novela moderna en la que el autor deja todo a la imaginación.

 

Empezando por el cabello: ¿tendrá que ser rubio, negro, pelirrojo, castaño? Seguro que blanco no, porque las bellezas clásicas de las novelas son jóvenes, siempre jóvenes. Es largo, siempre, pesado, (eso ha de significar que hay un buen), brillante, sedoso, limpio también, imagino. ¡Nada de cabello corto, despeinado o pintado de rosa! El más mejor es el rubio veneciano… (No sé ni cómo es ese rubio: ¿lleno de agua como Venecia?). Es rubio veneciano entonces, largo, artísticamente arreglado y cae en una masa aromada la noche de la primera vez…

¿Y los ojos? En mi opinión, son almendrados. Cuando son negros, centellean, y cuando son de otro color ni se mencionan a menos que sean morados… Las pestañas siempre son magnificas, largas y gruesas.

La boca es pequeña. O sensual. Nunca he leído de una boca chica y sensual a la vez. Lo que sí, es que son rojas, todas, del mismo rojo que las cerezas, sin que valga la pena precisar si se habla de una cereza madura o de una que apenas empieza a enrojecer… Cuando adolescente, me pasaba horas apretando los labios con la esperanza de volver mi boca pequeña, pequeña como la de la princesa, como la de la joven sirvienta… Pero…, pero mi boca es lo que es, muchas cosas hermosas de hecho, pero definitivamente chica no… ¡Más bien como de hiena cuando sonrío!

La nariz, ya lo vimos, no puede ser ni pequeña ni respingada, salvo  justificante de autor. Una belleza clásica tiene entonces una nariz grande, seguramente recta, a menos que la pueda tener aguileña, pero lo dudo. Nada de pecas tampoco, la piel es blanca, la bella se cuida del sol, obviamente.

En cuanto a los senos… Siempre son atractivos, rebozando de sensualidad, y se siente uno desfallecer al momento de los primeros tocamientos. No hay manera de saber si son chicos y puntiagudos, o al contrario, pesados, ocupando todo el espacio en el hueco de la mano. No se habla, claro, de senos marchitados, o hasta caídos. Nada de carne envejecida, ni siquiera tantito pesada. No, senos perfectos, si es que se pueda saber cómo son…

Y las caderas… Ay, las caderas… Tienen justo la forma exacta para que la mano del compañero se pueda apoyar a la hora de bailar, pero dejan ver de todas maneras una mujer lista para parir tantas veces como sea necesario. ¡Nada de caderas gruesas para las bellezas clásicas!

El vientre es plano, claro. Aunque eso de un vientre plano, a priori, no existe. O es un vientre cóncavo, para las flacas de rigor, o es ligeramente abombado para las mujeres que les vienen valiendo las tendencias de la moda. Y ni hablar de ciertas pancitas que aunque no parezca, hacen las delicias de tantos amantes. No tienen lugar en la visión de una belleza clásica.

Las piernas son largas y torneadas, bronceadas también, aunque la piel blanca sea esencial, ¡lo cual nos lleva probablemente a una mujer cebrada…! Nada de piernas cortas y fuertes, nada de varices, nada de pelos desafortunados. No, largas y torneadas, seguramente para correr más rápido a la hora de la verdad. Y también para combinar con las manos largas y finas, de uñas pintadas, adornadas con oro y diamantes. Nada de manos agrietadas, o torcidas. Esto no es  para una belleza clásica.

 

Y entonces esas tres palabras me hacen ruido: una belleza clásica.

Me miro, y pienso, largamente.

¿Te estremecerías de otra manera si mi cabello fuera largo y pelirrojo en lugar de corto, castaño y canoso? ¿Y mis ojos, si fueran verdes, brillarían más cuando me tocas?

¿Mi boca, mi boca que te lleva a gritar, a gruñir casi, te gustaría más si fuera  una talla menor?

¿Y mis senos, que no son ni puntiagudos, ni suaves, más bien vacios y marchitos, te harían suspirar si fueran más jóvenes, más bellos, más grandes?

¿Mi vientre, cubierto de cicatrices, te llama todavía hacia mí, hacia la parte más intima de mí?

Y mis piernas… ¿Te gustarían más largas, más bronceadas, más delgadas para llevarlas alrededor de tu cuello?

¿Y mis manos sobre tu vientre… te gustan? ¿Las sientes?

Dime… ¿Mi belleza no-clásica… ¿Te hace temblar? ¿De todas maneras? ¿Todavía?

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