Las horas

Las horas

 

3 horas.

3 horas antes del próximo analgésico, o painkiller como le dicen en inglés. Me gusta más esa palabra, es fuerte y sí te convence de la muerte del dolor.

Dentro de 3 horas, podré tomar otra de esas pastillas, o píldora, o comprimido, blanco o amarillo, verde, rojo que irá a ennegrecer la mirada blanca o amarilla, verde, roja de ese puto dolor.

3 horas de espera… De respiración lenta.

3 horas.

 

Medianoche. Ya es medianoche, solo me quedan 2 horas por esperar.

No me hice de cenar. Sé que habría agarrado un cuchillo y me lo habría encajado en la palma de la mano, o que habría intentado desagarrarme la muñeca y arrancar ya de una vez por todas esta pinche mano, este pinche dolor. ¿Qué me retiene? Únicamente la mirada de los demás. Las murmuraciones detrás de la espalda de la loca.

Dos horas más.

 

Una hora. Solo falta una hora.

Preparé por adelantado la pildorita mágica, el painkiller.

Porque  sacarla de la caja, de su compartimiento de mierda, no lo puedo hacer rápido, ni bien. Tengo que aprovechar un momento en que mis manos me obedecen, un momento en que tengo la fuerza de romper el recubrimiento de aluminio y expulsar la píldora. Tan cerca de la hora, no puedo. No tengo manos, ni fuerza, solo temblores incontrolables. Hasta un gesto tan sencillo me es negado…

Una hora. Una hora más.

 

Es de noche. La casa duerme, solo la tele prendida me hace caso.

Tomo la botella de agua de mi buró: ni hablar de bajar a la cocina, ya no puedo caminar, las rodillas tomaron el partido de las manos y la espalda… La espalda ya ni sabe lo que es sostenerme, renunció, encorvada, perdida. Y además, para servirse agua, se necesitan dos manos. No tengo más que una.

¿La botella? Para abrirla, la detengo con mis pies. Normalmente lo hago con mis muslos o las rodillas, pero hoy… Me siento como que más elástica si lo hago con los pies, recupero una parte de mi cuerpo, una parte de mí… Pienso: “Total, si no hay manos…”

Trago… Un chorro de agua corre por mi barbilla, sobre mi pecho, entre mis senos. Mi mano, la que todavía obedece, empezó a temblar hace un rato también. No importa, hace calor, hasta rico se siente.

Y espero… 20 minutos, media hora…Igual que siempre… La temblorina se calma. Entonces, con cuidado, puedo intentar doblar mis dedos.

Esta noche no voy a dormir, el dolor, aunque disminuido, sigue aquí… El painkiller de plano no está a la altura de la situación, perdido en el estomago, perdido en la sangre, ya no sabe ni a quien vino a matar…

 

Sólo 7 horas antes de la próxima. Sólo 7 horas.

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