Dolor

Dolor

 

A veces, el cuerpo es el que gana

El dolor se multiplica, llena el universo de su aliento viciado y te muerde la cara.

La piel quema, los músculos se distienden, ¡todo el cuerpo aúlla! Los ojos cerrados, crispados, no puedo más que respirar bajito, de a poquitos, rehuyendo la evidencia. Me duele.

Hoy, mi cuerpo es el que gana

Mis piernas se rehúsan a moverse, de repente como de plomo  caliente, ardiente, líquido de fuego sobre la cama. El calor es tal que las sabanas se incendian y se arremolinan sobre ellas. Largos lamentos emanan de ellas, como para volverse loco.

Volverse loco.

Mis manos no son más que terribles palas de maderas, de bordes rugosos, pesadas y ardientes. La fiebre las invade, lengua de fuego que destruye todo al pasar. Poco a poco, abro los ojos, decidida esta vez a una decapitación de manos, lo cual no es tan loco porque ellas solas son como una cabeza entera, llena de ideas locas que se estrellan contra las paredes como pájaros enjaulados. El corazón acelerado, como encarcelado, las miro, sorprendida: no veo más que manos, simples, normales. Esperaba una masa roja, abotagada, y no veo más que manos. Casi blancas. Cinco dedos cada una. Casi bonitas. Crispadas, si. Inmóviles, si. Más no el horror que esperaba.

¿Será que el infierno sólo está en mi cabeza…?

Vuelvo a cerrar los ojos, respirando un poco más, de a poquitos todavía. Me concentro, pienso en mí. Trato de mover una pierna, la otra. La espalda. El dolor aúlla, como si él fuera el que sufre. La parálisis me parece más llevadera, el dolor me hace perder toda medida. Me duele.

Los ojos cerrados, hay zarabanda en mi cabeza, el diablo festeja y se ríe. La quemazón crece, se vuelve hoguera. Rojas las mejillas, lágrimas sobre los labios, veo, sí veo, mis manos deformes, sanguinolentas, mi espalada torcida y mis piernas podridas…

A veces…

El cuerpo es el que gana.

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