mousse de chocolate

Mousse de chocolate

 

Creo que es el primer postre que me enseñaron a preparar, la mousse de chocolate.

Me acuerdo de mí, como si me viera a través de otros ojos, parada sobre una silla en la cocina, frente a un mueble de metal blanco, aprendiendo a dominar la batidora eléctrica. El día está hermoso, es domingo, día de fiesta, botanas, Aranjuez en la sala y nosotras en la cocina.

La mousse de chocolate es el postre de mi papá y también el nuestro. El primero de mi vida, y el primero también para mis hijos. Rica tradición.

Se necesitan huevos, uno por persona. Chocolate, del rico, del bueno, una barra por persona. Y azúcar… Una cucharada grande por persona.

Se rompen los huevos, con mucho cuidado. Romper huevos sin echarlos a perder es todo un arte… Todo un arte. Por un lado, las yemas, por el otro las claras. El azúcar, en el tazón de las yemas. El chocolate, a derretir. Cuando era chica, usábamos un baño María.

Y luego… Empieza la magia.

Porque cocinar, es mágico: los colores se funden, se transforman. Los olores suben, las texturas cambian, bajo mis ojos… Las claras suben, y yo que apenas si conozco la nieve, saboreo el momento en que la espuma se vuelve nieve, se vuelve blanca, se vuelve algodón, y nube… Y entonces las yemas, batidas con el azúcar, pierden su color también, se transforman, se vuelven espuma también, se vuelven blancas también… Suben, suben…

Una de mis amigas dice que para ella, cocinar, es dar amor.

Un día, metí el dedo debajo de las aspas de la batidora, para ver que sentían los huevos… No recuerdo que me  haya dolido… ¡Pero el color! ¡Extraordinario…! El blanco y el rojo combaten, se aturden y se pierden en líquido rosa. La nieve desapareció, lo blanco pereció. No queda más que una mezcolanza rosácea que se va tener que tirar…

Después… Después de tanto blanco, se pone el chocolate… Otra vez con la batidora, y las líneas cambian, los dibujos se forman, suben también… Magia, magia…

Y entonces, con cuidado para no romper las claras, se mezcla todo con una espátula de madera, sabe mejor, deveras, sabe a aroma de casa, de cocina calientita y limpía… Poco a poco, los puntitos blancos se vuelven chocolate, se vuelven dulzura, se vuelven recuerdo.

La mousse de chocolate… Es día de fiesta, son los bigotes de mi papa que despiertan, mi mamá que sonríe, nosotros alrededor de la mesa, la grande del comedor, la que tiene un cofre oculto. A menudo, comimos antes papas a la francesa y ensalada –“Si no tienes hambre para la ensalada, no tienes hambre para el postre”-, es domingo pues, día de fiesta.

La mousse de chocolate,  es mi prima Catherine y su esposo Gérard,  reconocidos después de tantos años de ausencia. Es su sonrisa, su calor. Catherine no le pone azúcar a su mousse… El chocolate en Francia es diferente, no se necesita.

La mousse de chocolate, también es mi hijo, quien inventa recetas, le pone el azúcar antes, después, con la licuadora, con fresas, sin fresas… Vive la cocina cuando él la prepara.

Es nosotros cinco alrededor de otra mesa, la mía, la que esculpí, que medio se anda cayendo… Es la sonrisa de mi hija cuando se llena la boca de aire achocolatado… De mis hombres que disfrutan sin decir palabra… Las cucharas juegan con los platos, es día de fiesta.

Este domingo, le toca a mi mamá traer la mousse de chocolate.

Es día de fiesta, vamos a servir conejo, vienen los niños y de seguro habrá huevitos de chocolate en el jardín.

Pero va a ser la primera mousse de chocolate sin azúcar.

Y sin mi papá.

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