recuerdo

Recuerdo

 

Pensé muchísimo en ti el sábado… Así nomás, por una tontera, por un dulce de almendras.

 ¿Qué babosa no? ¿Cómo se acuerda uno de las cosas, verdad…? Sólo por un sabor sobre la lengua, por un dulce en la mano.

Las voces se fueron esfumando alrededor mío, pero recobré de repente el brillo de tus ojos como si estuviéramos juntas, tu y yo, para otro verano. Tu abuela acaba de llegar y, de regalo ritual, trae unos dulces de almendra. La caja blanca esta allí, sobre la mesa del comedor. Ya más tarde, frente a la tele, se podrá abrir.

 A tu abuela la quise mucho, sabes. El olor de su casa me reconfortaba, su sonrisa me invitaba a entrar, siempre. Las escaleras de madera, si te acuerdas, me daban miedo, por sus piernas. Me gustaba sentarme a la mesa de la cocina y escucharla. Me acuerdo del día en que nos explicó los estornudos, de la alegría que había en sus ojos porque sabía y platicaba ciencia.

Aquel día también en que fuimos a comer a tu casa, la única vez creo. Mi mamá me había obligado a ponerme un camisón de noche-“¡Parece vestido, deveras, se te ve muy bien!”- y había bajado por la calle del Port Hue, roja, rojísima, cargando un ramo de rosas para ella. La sorpresa de la comida, era una ensalada de lechuga, mayonesa… y gajos de naranja. No salía de mi asombro, dudando entre asco y placer. Años después, más de treinta, tengo todavía aquel sabor sobre la lengua, y lo busco en todos los restaurantes, en todos los libros de receta.

Estuve pensando en ti, y los recuerdos que me llegaron, todos, ¡tienen que ver con una cocina…!

Casi. Está también el día del Mont Saint Michel, cuando nos comimos una baguette con mantequilla y jamón. ¿Qué tontería no?, extasiarse por un sándwich de mantequilla…, pero la mantequilla bretona… Pues es la mantequilla bretona. No hay ninguna comparación. Y en ese recuerdo están también los calabozos del Mont, y el jardín del claustro y Philippe que nos sonríe. Cuando regresé a ese lugar, hace unos años, al fin me pude despedir de él, allí, en el jardincito, al lado de las rosas. Por fin, murió para mí.

 Sino… Otra cocina, una mesa cubierta de formaica verde clarito, y un frasco de mostaza, de la picosa. Tú me enseñaste a meterle el dedo y a chupármelo, hasta llorar… La mostaza, me la regalaste tú.

Y la bullabesa… ¿Te acuerdas? En casa de uno de tus amigos, en Marsella, en la parte vieja del puerto, una cocina estrecha. Frente a nosotras un marinero americano que no entendía nada et que habíamos recogido por allí, en la calle. Me arrepentí toda la vida de no haberle hablado en inglés, de no haberle dicho: “Sabes, yo también vengo del otro lado del mundo”…

Y también en Marsella, el bacalao. ¿Sabes que en mi vida lo he vuelto a comer así? ¿Que inclusive fue la única vez de mi vida que lo vi? Tu abuela me lo regaló como un tesoro, y lo guardo acá, sobre mi lengua, donde se ocultan los verdaderos tesoros, los tesoros de vida.

Claro, también está tu traje de baño amarillo, tu cuento del niño que había gritado demasiadas veces que se ahogaba, tus mejillas frescas por las mañanas en tu jardincito. Tus suecos también, el día en que bajamos corriendo las escaleras dizque para espantar a un ladrón…

Y tu amiga Claire, la que llegó un verano y te robó de mí, la que, se supone ¿verdad?, perdió el tren, y no hacía más que reír, y reír… El mismo día que lo del camisón, fíjate… Las desgracias siempre vienen acompañadas.

Entonces pues, este sábado pensé en ti…, y en tu abuela, a la que yo quería. Y en Philippe al que adoré, hermano mayor y príncipe azul a la vez. Pensé en ti. En la enorme oportunidad que nos ha sido concedida al encontrarnos fuera de nuestros recuerdos. Y esos olores que me invaden, esos sabores sobre mi lengua, en mi garganta, en mi corazón, me agitan, me transportan lejos, tan lejos de lo cotidiano, hacia ti, en un arranque de amor insensato, de adolescente. Me encuentro de nuevo con mis celos, mi desasosiego, mis ganas terribles de ser tú.

Y todo por un dulce, un dulcecito de almendras.

 

PD: si hablas francés, no me leas en español esta vez… De alguna manera, los calissons, la brandade, la bouillabaisse y los jambon-beurre…no saben igual.

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