La ira

La ira

 ¿Cómo juzgar la vida de un hombre? ¿Por sus acciones o por sus palabras?

¿Tenemos tan siquiera derecho a juzgar?

¿Cómo sobrellevar el furor que me inunda, que hierve y explota golpeándome, como controlado, pero tan peligrosamente libre?

¿De dónde vienen esa ira tan llena de rabia, este desasosiego desgarrador que me dejan sin aliento, a la orilla de mi silla?

Ay… ¡Esa gente que se da el lujo de fanfarronear acerca de su sabiduría y que, a escondidas, de puntitas, sin decir nada, provocan cataclismos…!

Acabo de despertar de un sueño, una pesadilla que parece una mala película porno, mal iluminada, en la que las sombras no dejan más que entrever al héroe, que a falta de algo mejor, se masturba en su cuarto, en la oficina, en cada esquina de la ciudad. Ese maravilloso héroe que da discursos y se cree profeta, y que, al menor movimiento,  asalta a una desconocida. Justificándose siempre.

Haciendo alarde de sus razones, violentando a los demás para obligarlos a admitirlas, para ser el que siempre hace lo que quiere, y seguir sin vergüenza alguna sus apetitos, sus ideas, sus obsesiones, lastimando sin siquiera fijarse, a los que están a su alrededor, con sus palabras, sus gestos, hasta con sus miradas…

Toda esa gente que dice ser sabia, que se glorifica de andar descalza, que se creen los mejores porque no atropellan a nadie… Sólo nos ignoran, todavía mejor.

La ira me rebasa… Como un veneno maldito, de los que queman el vientre y provocan vómito.

¡La ira y el furor! La rabia.

¿Cómo ser juez y parte? ¿Tenemos tan siquiera derecho a juzgar?

¡Ese derecho lo tengo, lo tomo y lo reivindico!

Por el derecho de mis heridas, de mis esperanzas.

Por el derecho de mi amor, de mi ira.

Ese héroe que cae, una y otra vez… Que se toma, además de todo, el tiempo para narrar sus hazañas, sus amores de pacotilla, sus acostones y sus chifladuras. Ese héroe que habla y habla, en un monólogo incesante. Quiere que se le escuche. No piensa más que en lo que va a dejar tras de sí, sin tomar siquiera la pena de acercarse un poco a los suyos, sólo un poco, sólo ahora… Sin hablar de herencia, sin hablar de mañana… Sólo hoy… Sólo una mirada, sin juicios, sin mentiras…

El furor me libera: me permite escupir, rugir: “¿Con qué derecho? ¿Quién te crees que eres? ¿Con qué derecho?

El furor es bueno: justifica ese juicio que rindo, me otorga todos los derechos, ¡todos!

Y  yo te digo, aquí, a la orilla de mi silla, yo, anonadada por lo que veo, yo te digo , yo que todavía te quiero, yo que de todas maneras te quiero, yo te digo : “¡No!”

¡No!

¡No!

¡No tenías ningún derecho!

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