Un cantante

Publicado el 21 abril, 2010

Un cantante

Cantante. Era cantante. Hasta el fondo del alma y del corazón.

Desde sus veinte años, abandonó  la prepa entre dos exámenes para tocar en un grupo de jazz con sus cuates. Se dejó la barba et abandonó todo, menos la música.

Eran los primeros días de los años cincuenta y se necesitaba valor para retar las opiniones de los demás, públicas y parentales. Y luego, un día, si bien recuerdo, se acordó de que quería, más tarde, tener una familia, hijos. Entonces, regresó a casa, presentó sus exámenes, y se inscribió a la escuela superior de comercio, Sup de Co, llenándose los pulmones de canciones estudiantiles, hablando de ladillas y de “La Madelon”.

Llegó sin embargo a grabar dos discos, canciones suyas, que hablan de pesca y de mar, de la muerte y de Bretaña. Se los regaló a su padre y recuerdo que los escuché casi a diario cuando tenía quince años.

A él, yo lo conocí feliz… Lleno de música, de chistes babosos y de canciones. Recuerdo como hacia vibrar el piano al ritmo de alguna pieza de jazz endiablada, del jazz de antes, del de principios de su siglo.

También me acuerdo de cómo le brillaban los ojos cuando tocaba “Oh when the saints… Go marching in… Oh when the saints go marching in…” con su trompeta. Era feliz dentro de  la música. Le gustaban los Beatles, Louis Armstrong, Glenmor y Chava Flores. Retomaba las canciones  de Debronckart, sobre todo la de “Adelaïde”, o de Brassens, cantando a todo pulmón:“Gare au gorii… i..i..i..lle”.

Seguido, en su estudio, me sentaba en el piso de madera café obscuro, calientito de sol. Con su guitarra, se ponía a cantar corridos. El del “Caballo Prieto Azabache” me hacia volar. Flotaba sobre su cabeza y sobre su voz. Durante muchos meses, se apasionó por el corrido de “Los dos hermanos”, buscando la letra, cambiándole el ritmo. Nos cantaba “La maquinita” y nos hablaba de zopilotes y de cervezas heladas. Después, le tocó al “Cantador”.

El sueño regresó en esos tiempos. Grabó un disco, de los de 45 revoluciones, cuatro canciones. Dos de ellas traducidas del francés, pero con la música de él. No tuvo éxito y tenemos en algún lugar, dentro de una caja de cartón, un montón de discos anaranjados… Pero no importa, al contrario, ganamos la oportunidad de guardar su voz.

En las noches, nos cantaba “Le marchand de sable” para llevarnos a dormir, y los domingos de Pascua, “le petit coq”. Esos tiempos son para mí, tiempos felices, de música y fiestas, de amigos y de risas.

En el coche, por las mañanas, siempre cantábamos, sobre todo la canción de Perrine, la sirvienta que dejo morir a su amante en la artesa del pan. Cuando comíamos, el que llegaba era “L’ami Bidasse”, o a veces la canción de las “roses blanches”, una  que me hacia llorar. El cantaba, cantaba, cantaba.

Me acuerdo de una vez, en que íbamos a la playa, y le compuso un corrido a la perita de mi hermana que se había atascado de comida y terminó vomitando en una cama.

En Noche Buena, a la hora de la misa, el era quien entonaba el “Minuit Chrétien”, al que le había cambiado las palabras porque, decía, Dios nunca nos pidió que nos arrodilláramos frente a él.

Y luego… Y luego, pasó algo. Algo que desconozco. Nunca pregunté muy en serio, nunca hubo una respuesta real. No me atreví.

De repente, guardó su guitarra, la trompeta desapareció. El domingo, ya no escuchábamos a “Jesús Cristo Súper Estrella” con la botana. Luego, hasta la botana desapareció. Los amigos dejaron de venir.

La música se apagó, las risas callaron. No había más que miradas a veces tan negras. Y monólogos interminables, sermones sobre el lugar del capitán y del grumete.

Entonces,el grumete que yo era dejó el barco. Me fui.

El se pasó años escribiendo, leyendo, hablando, pensando. Su guitara, hasta se la regaló a alguien que él quería.

Y de repente, hace unos diez-doce años, despertó de nuevo. El sueño lo invadió otra vez: iba a ser cantante en las Vegas. Los discos de vinil ya no existían, entonces grabó un CD. Se dejó crecer el pelo, y adoptó un nombre de artista: “Moustache”.

Y esperó  a que lo llamaran.

Esperó tan fuerte, tanto tiempo.

Para la boda de su hija la más joven, cantó, sobre la tarima, para el mundo entero y para ella: ” Cuando estemos viejos”, su canción inspirada de un poema de Rosemonde Gérard.

Y luego, para una comida que se hizo para sus nietos, cantó “Le trente et un du mois d’août”, dejando a algunos invitados con la boca abierta.

Todavía hablaba de las Vegas, de su espectáculo. Hasta el final, creyó en ello, en él. Hasta el final, la música lo hizo soñar.

Cinco días antes de morir, todavía le preguntaba al medico por otro tratamiento, porque “necesitaba el pelo largo para su personaje”.

Entonces, en el acta de defunción de mi papá, en el cuadro “ocupación”, pedí que escribieran: “Cantante”.

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